Decidí salir a pasear por la
ciudad, hacía mucho tiempo de estar haciendo el amor, muchas lunas donde me
olvidé cómo era la gente, las calles, si acaso éstas habían cambiado demasiado,
si las muchachas habían crecido o cambiado, si ahora estaban casadas o con
niños, esas sorpresas desde donde me enteré al encontrarme con conocidos y
amigos contentos, felices de verme tan lleno de vitalidad, sorprendiéndome con
la novedad de verme vivo, como si todos hubieran comentado mi deceso o muerte,
especulación normal a la cual atribuí mi vida mundana y mi alejamiento por
razones sexuales y mi dedicación total a la literatura. Era algo normal
escuchar ello: “pensábamos que habías muerto”, cosa hilarante y llena de gracia
para mí, porque luego reaccionaban comentando sobre mi juventud y el mismo
ánimo de siempre. Entonces me apuré para tomar mi agua de soda en el café al cual solía ir para
meditar sobre mis escritos y de paso contemplar la Plaza de Armas de la ciudad.
Las muchachas, pensaba, ellas nunca se acabarán, el tiempo con uno se marcha,
pero ellas seguirán poblando las calles, con su alegría y encanto, algunas creyéndose
merecedoras de todo tipo de halago, otras buscando su primer amor y las más despabiladas,
tratando de hallar un joven ignorante en el amor, para así tener la certeza de
amar a alguien incapaz de ser infiel. Y entonces me vi reflejado en otras
personas en otros años, como cuando ansioso buscaba el amor en muchachas
desconocidas a las cuales abordaba con el fin de apaciguar mis deseos o saber
de sus labios, unas manos jugando con sus senos y rodeando cinturas calientes
de quienes también buscaban ello: la ternura propia de los novatos para el amor
y, así, contemplaba muchachos abordando a muchachas en plenas calles, en su
ingenioso afán lleno de frases improvisadas y bien pensadas para sí adueñarse
de sus generosas dádivas entregadas a los solitarios, esos hombres aferrados a
las almohadas por las noches, de cafés y discotecas, de abordar a las mujeres
aburridas de la vida, desde donde nada nuevo parecía ocurrir. A mesas más allá
de mí, un grupo de varones escuchaban con atención las aventuras de un hombre
alegre, lleno de risas y con el rostro pícaro, quien relataba las experiencias
propias de los vencedores en los lechos. Nada me parecía haber cambiado en la
ciudad, el cielo abierto después de días intensos de lluvia, mi agua de soda
con hielo, mis tabacos mentolados y la apacible estancia propicia para
escribir. Pensaba también en los días duros, en la fe de empezar una nueva
semana, el despertar a un nuevo día, con el esmero y la enmienda de ser mejores
personas, de empezar de nuevo todo, haciendo un borrón y cuenta nueva para los
días anteriores. Era el ciclo de la vida. El agua de soda helada calmó mi sed
mientras evitaba sin mucho éxito contemplar a las extranjeras quienes hacían
escala en Arequipa para conocer Cusco o el Cañón del Colca. Sin duda la
felicidad era eso: el amor con cada una de ellas. Cómo pues negarme a vivir a
pesar de estar cercano a los 50 años y no poder dejar de ceder a la propuesta
de sus bellezas. A mi edad sabía bien de los diálogos necesarios antes del
sexo, ¿si los había olvidado?, ¿si estaba acostumbrado al amor sin
prolegómenos, sin preliminares?, eso era algo a trabajar. Entendí rápidamente
nuevos métodos para seducir y reconocer a las muchachas de objetivos claros:
nada de amor, solo sexo. Me esperaba el encuentro con las nuevas trabajadoras
sexuales a quienes debía darles a conocer la pericia de 12,000 polvos, si acaso
con ellas podría alcanzar de manera furiosa y en el tiempo medido, mis
orgasmos. Recordaba esos años donde me era imposible luego de horas de horas de
sexo continuo, eyacular, como si ellas no lo hicieran seguidamente. Todo estaba
descifrado para mí, ¿cosa rara para las demás personas, no?, porque mientras
las personas se rompían la cabeza con angustias
y momentos intensos de estrés, entendía sobre mis propósitos para con la
vida. Lo tenía todo claro: era el placer y ellas, si ésa es la mentalidad de un
hombre soltero, alguien renuente al matrimonio y a tener hijos, alguien
enamorado de su libertad. ¿Había necesidad de pedir algo más? La repuesta era
no. Y ésa si era un pregunta con respuesta, si acaso ambas no aparecen en la
vida de los pensadores, de los afanosos e incansables hombres cuya señera
virtud era hallar el derrotero auténtico.
Cotinuará...
Julio Mauricio Pacheco Polanco
Escritor
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Julio Mauricio Pacheco Polanco

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