Qué, ¿hoy me toca lavar el
servicio? Apoyé mis manos sobre el fregadero; el clima seco con el sol fuerte
no me resultaba plácido esta vez, algo ocurría. La ropa estaba como siempre por
todas partes y no tenía ánimos para entrar a la ducha. ¿Era ella, o era yo?,
tal vez porque el sexo no fuera bueno: muchas veces siempre de lo mismo, sin
entusiasmo para hacer el amor con las mismas ganas. Vi el almanaque, un día feriado donde
ni las calles me llaman para buscar algo diferente. La vi entretenida con su
celular, me daba igual, quizás alguien que la pretendiera la entretenía, eso
para mí no tenía importancia alguna. Me puse los guantes y tomé del repostero
la crema para lavar los platos. Me quité los guantes, abrí la puerta que da para el jardín, regresé a la
habitación, tomé la cajetilla de cigarros mentolados y unos cerillos. Sonaba Dido
y Stoned, prendí un tabaco, lo calaba mientras pensaba en ella, no en la mujer
con quien paso las noches, sino en la muchacha que me enseñó otra forma para
amar.
¿Cuándo fue la última vez que al
hacer el amor, ella dejó surcos de sangre en mi espalda mientras la penetraba? Ya
no lo recuerdo, así se desvanece el amor, al menos, no habían discusiones ni
celos, siempre les he dicho a mis mujeres: no me traigan venéreas ni hijos que
no son míos. Creo que eso estaba bien claro. Desnudo en el jardín, decidí
recostarme en la perezosa para tratar de no pensar en nada. Ella seguía entretenida
con su celular, seguramente debe haber ligado con alguien, cosa que lo veo muy
natural para sus 19 años. A mis 46 años entiendo que algunas muchachas no son
para un solo hombre, como me pasa a mí, no soy hombre de una sola mujer, eso
siempre lo dejo en claro antes de empezar una relación: solo hago el amor con
preservativo con las muchachas que no conozco o de quienes no tengo referencia
alguna.
No se puede fumar con este clima
seco y el sol tan fuerte. El grifo seguía abierto desde el lavaplatos, allí
estaba el servicio de la noche anterior y de un desayuno que fue servido a
solas, cada quien por su lado. Apreté el tabaco contra el cenicero del jardín
mientras me levantaba para ir al baño, el zumo de naranja siempre para mí ha
sido un buen digestivo. Entré y me senté en el wáter mientras perdía mi mirada
en las mayólicas, en su color, en lo blancas que están siempre. Esto de lidiar
con sus largos cabellos siempre en el piso de la ducha, atollados en el resumidero.
¿Puedes dejar de hacer ruidos?, gritó ella desde la recamara. No le hice caso,
me desocupé para luego levantarme y coger la toalla y mojarla con jabón líquido
y limpiarme, hecho el aseo la lavé y dejé en su toallero, cogí del pestillo la
ducha para recibir el agua caliente. Sonaba ahora Dido y Don´t think of me. La esponja
expoliante me relajaba mientras tenía otra erección. Ella apareció como de
costumbre con una sonrisa pícara, estaba con la bata de dormir y el cabello que
desordenado soltaba de su nudo para desnudarse, tenía ese olor a sexo muy vivo.
No pasa nada tonto si es que estás pensado en mis conversaciones por el
WhatsApp. En realidad no le había prestado importancia a ello como lo escribí
hace un momento y, ella lo sabía bien. Me gustas porque me dejas ser dueña de
mi vida. Sus pies de blanco rosado probaron el agua caliente desde donde
estaba. Yo pensaba en quién ahora iba a secar el cerámico del baño, si con el
servicio ninguno de los dos podía esa mañana. De un brinco animal entró a la
ducha y cerró la puerta corrediza, el vidrio templado empezó a empañarse. Con la pericia de algo repetido entré en ella
como si hiciera un gesto cotidiano y regular, en realidad siempre era así, la
ponían excitada sus pretendientes con quienes jugaba enviándoles fotos de ella
desnuda, en fin, sus 19 años eran muy solicitados por muchachos que eyaculaban
a los 15 minutos y creían haber hecho el amor como un dios. Ese asma me va
matar uno de estos días, le dije mientras me atragantaba con el agua de la
ducha, la tomé de la cintura y la arrimé hacia el lado opuesto para que no me
diera en la boca el agua que caía con fuerza, dispuestos solo para que se deslizara
entre nuestros sexos. Tanta confianza, pensé, tanta confianza que será olvidada
mientras veía cómo fluidos mezclados con agua se diluían entre nuestras
piernas, le estaba empezando la regla y ella me había confesado que era la
única mujer que le gustaba hacer el amor mientras menstruaba. Por supuesto que
me hice como que le creía, total, me estaba convirtiendo en parte de su
historia que seguramente en sus borracheras de veinteañera compartiría con sus
amigas de bar o discoteca.
Si de por sí el amor es estar en
el infierno, lo es más bajo el agua caliente: los orgasmos son más continuos de
ambos, porque tuve uno en 20 minutos y otro 15 minutos después mientras
seguíamos haciendo el amor. Ella tenía esa virtud, podía hacer que siguiera con
la erección dura y constante luego de que eyaculara, quizás esa era la razón del
porqué la tenía a mi lado hasta ahora.
30 minutos después cuando me di
cuenta que no tendría un tercer orgasmo, cerré la llave de la ducha mientras
ella seguía jadeando, con la boca abierta y el sexo irritado, rojo, espasmada,
sin poder recuperarse, tocándose sin parar hasta alcanzar un orgasmo más. Salí de
la ducha y me dije: el olor al sexo no se me irá nunca del cuerpo. Me lavé los
dientes y cogí una toalla para secarme mientras me preguntaba si era necesario
peinarse.
El departamento estaba un
desastre. Para lo que importaba. Alcancé la cama del dormitorio y me eché boca
arriba mientras cogía de otra cajetilla de la mesa de noche otro tabaco mentolado
y la veía venir, con la bata puesta, secándose el cabello con una toalla hasta
hacerse un nudo con ésta y recostarse a mi lado. Empezó a acariciarme, a
tocarme. Tuve otra erección. Su celular no dejaba de sonar con los mensajes que
le llegaban. Eso la enloquecía, la hacía sentir sucia, infiel, mientras se
divertía con mi miembro erecto y se lo llevaba a la boca. Mis ojos contemplaban
el desorden de su cabello mientras le arrebataba la toalla y ella de un giro se
lo hacía para un costado inútilmente mientras no dejaba de verme con ansiedad a mis ojos.
¿Hace cuánto tiempo que no escribo?, me preguntaba. Esta relación me quita
tiempo para escribir, pensé mientras me decía: deberé comprar otro juego de
cama para mi próxima relación, éste tiene su sello, su olor, su sangre de
menstruo.
Dido seguía cantando, era:
Blackbird. Encendí entonces el televisor y me di cuenta que estaba con el video
sin terminar de un porno que habíamos visto la noche anterior mientras hicimos
el amor hasta la madrugada cuando cansados, nos quedamos dormidos uno sobre el
otro. Te voy a extrañar, pensé. ¡Bah!, con lo poco que cuesta olvidarlas:
pensaba en el mensaje que me había llegado a mi celular donde una muchacha que me
mandó su foto me decía que quería conocerme, era el amor otra vez.
Julio Mauricio Pacheco Polanco
Escritor
Todos los Derechos Reservados
para
Julio Mauricio Pacheco Polanco

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