jueves, 30 de agosto de 2018

HACIENDO EL AMOR ESCUCHANDO A DIDO






Qué, ¿hoy me toca lavar el servicio? Apoyé mis manos sobre el fregadero; el clima seco con el sol fuerte no me resultaba plácido esta vez, algo ocurría. La ropa estaba como siempre por todas partes y no tenía ánimos para entrar a la ducha. ¿Era ella, o era yo?, tal vez porque el sexo no fuera bueno: muchas veces siempre de lo mismo, sin entusiasmo para hacer el amor con las mismas ganas. Vi el almanaque, un día feriado donde ni las calles me llaman para buscar algo diferente. La vi entretenida con su celular, me daba igual, quizás alguien que la pretendiera la entretenía, eso para mí no tenía importancia alguna. Me puse los guantes y tomé del repostero la crema para lavar los platos. Me quité los guantes, abrí la  puerta que da para el jardín, regresé a la habitación, tomé la cajetilla de cigarros mentolados y unos cerillos. Sonaba Dido y Stoned, prendí un tabaco, lo calaba mientras pensaba en ella, no en la mujer con quien paso las noches, sino en la muchacha que me enseñó otra forma para amar.
¿Cuándo fue la última vez que al hacer el amor, ella dejó surcos de sangre en mi espalda mientras la penetraba? Ya no lo recuerdo, así se desvanece el amor, al menos, no habían discusiones ni celos, siempre les he dicho a mis mujeres: no me traigan venéreas ni hijos que no son míos. Creo que eso estaba bien claro. Desnudo en el jardín, decidí recostarme en la perezosa para tratar de no pensar en nada. Ella seguía entretenida con su celular, seguramente debe haber ligado con alguien, cosa que lo veo muy natural para sus 19 años. A mis 46 años entiendo que algunas muchachas no son para un solo hombre, como me pasa a mí, no soy hombre de una sola mujer, eso siempre lo dejo en claro antes de empezar una relación: solo hago el amor con preservativo con las muchachas que no conozco o de quienes no tengo referencia alguna.
No se puede fumar con este clima seco y el sol tan fuerte. El grifo seguía abierto desde el lavaplatos, allí estaba el servicio de la noche anterior y de un desayuno que fue servido a solas, cada quien por su lado. Apreté el tabaco contra el cenicero del jardín mientras me levantaba para ir al baño, el zumo de naranja siempre para mí ha sido un buen digestivo. Entré y me senté en el wáter mientras perdía mi mirada en las mayólicas, en su color, en lo blancas que están siempre. Esto de lidiar con sus largos cabellos siempre en el piso de la ducha, atollados en el resumidero. ¿Puedes dejar de hacer ruidos?, gritó ella desde la recamara. No le hice caso, me desocupé para luego levantarme y coger la toalla y mojarla con jabón líquido y limpiarme, hecho el aseo la lavé y dejé en su toallero, cogí del pestillo la ducha para recibir el agua caliente. Sonaba ahora Dido y Don´t think of me. La esponja expoliante me relajaba mientras tenía otra erección. Ella apareció como de costumbre con una sonrisa pícara, estaba con la bata de dormir y el cabello que desordenado soltaba de su nudo para desnudarse, tenía ese olor a sexo muy vivo. No pasa nada tonto si es que estás pensado en mis conversaciones por el WhatsApp. En realidad no le había prestado importancia a ello como lo escribí hace un momento y, ella lo sabía bien. Me gustas porque me dejas ser dueña de mi vida. Sus pies de blanco rosado probaron el agua caliente desde donde estaba. Yo pensaba en quién ahora iba a secar el cerámico del baño, si con el servicio ninguno de los dos podía esa mañana. De un brinco animal entró a la ducha y cerró la puerta corrediza, el vidrio templado empezó a empañarse.  Con la pericia de algo repetido entré en ella como si hiciera un gesto cotidiano y regular, en realidad siempre era así, la ponían excitada sus pretendientes con quienes jugaba enviándoles fotos de ella desnuda, en fin, sus 19 años eran muy solicitados por muchachos que eyaculaban a los 15 minutos y creían haber hecho el amor como un dios. Ese asma me va matar uno de estos días, le dije mientras me atragantaba con el agua de la ducha, la tomé de la cintura y la arrimé hacia el lado opuesto para que no me diera en la boca el agua que caía con fuerza, dispuestos solo para que se deslizara entre nuestros sexos. Tanta confianza, pensé, tanta confianza que será olvidada mientras veía cómo fluidos mezclados con agua se diluían entre nuestras piernas, le estaba empezando la regla y ella me había confesado que era la única mujer que le gustaba hacer el amor mientras menstruaba. Por supuesto que me hice como que le creía, total, me estaba convirtiendo en parte de su historia que seguramente en sus borracheras de veinteañera compartiría con sus amigas de bar o discoteca.
Si de por sí el amor es estar en el infierno, lo es más bajo el agua caliente: los orgasmos son más continuos de ambos, porque tuve uno en 20 minutos y otro 15 minutos después mientras seguíamos haciendo el amor. Ella tenía esa virtud, podía hacer que siguiera con la erección dura y constante luego de que eyaculara, quizás esa era la razón del porqué la tenía a mi lado hasta ahora.
30 minutos después cuando me di cuenta que no tendría un tercer orgasmo, cerré la llave de la ducha mientras ella seguía jadeando, con la boca abierta y el sexo irritado, rojo, espasmada, sin poder recuperarse, tocándose sin parar hasta alcanzar un orgasmo más. Salí de la ducha y me dije: el olor al sexo no se me irá nunca del cuerpo. Me lavé los dientes y cogí una toalla para secarme mientras me preguntaba si era necesario peinarse.
El departamento estaba un desastre. Para lo que importaba. Alcancé la cama del dormitorio y me eché boca arriba mientras cogía de otra cajetilla de la mesa de noche otro tabaco mentolado y la veía venir, con la bata puesta, secándose el cabello con una toalla hasta hacerse un nudo con ésta y recostarse a mi lado. Empezó a acariciarme, a tocarme. Tuve otra erección. Su celular no dejaba de sonar con los mensajes que le llegaban. Eso la enloquecía, la hacía sentir sucia, infiel, mientras se divertía con mi miembro erecto y se lo llevaba a la boca. Mis ojos contemplaban el desorden de su cabello mientras le arrebataba la toalla y ella de un giro se lo hacía para un costado inútilmente  mientras no dejaba de verme con ansiedad a mis ojos. ¿Hace cuánto tiempo que no escribo?, me preguntaba. Esta relación me quita tiempo para escribir, pensé mientras me decía: deberé comprar otro juego de cama para mi próxima relación, éste tiene su sello, su olor, su sangre de menstruo.
Dido seguía cantando, era: Blackbird. Encendí entonces el televisor y me di cuenta que estaba con el video sin terminar de un porno que habíamos visto la noche anterior mientras hicimos el amor hasta la madrugada cuando cansados, nos quedamos dormidos uno sobre el otro. Te voy a extrañar, pensé. ¡Bah!, con lo poco que cuesta olvidarlas: pensaba en el mensaje que me había llegado a mi celular donde una muchacha que me mandó su foto me decía que quería conocerme, era el amor otra vez.


Julio Mauricio Pacheco Polanco
Escritor

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Julio Mauricio Pacheco Polanco



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