Después de todo, entendiendo la
vano que es publicar libros que la gente no va a comprar, por más que sean
superiores a las obras de Shakespeare o Vargas Llosa, medité en qué nos
estábamos equivocando los escritores o, tal vez yo. Porque les juro que hallé
escritores increíbles que no fueron reconocidos y que decían con sabiduría
cosas que jamás pensé. ¿Cuál era entonces nuestro error? ¿Pensar que con un
libro el mundo mejoraría?-primero hay que aclarar esto: ¿se escribe para salvar
al mundo, o para deleitar al lector?; esto es tema para un debate, pero me
aburre vencer a otras personas cuando el argumento es refutado al momento de
dirigirme a la persona y no a lo que dice; ¿alguien debía decirles a estos escritores
que algo de autoridad se debe tener al momento de defender una causa, no es eso
sinceridad?, ¡veracidad en medio de retóricas que cualquiera con 100 libros
leídos puede tener, que por cierto es ya poca cosa!-porque para ser preciso,
creo que si un político miente, es algo que todos podemos comprender, mejor
dicho, es algo a lo cual estamos habituados; que se vendan, es cosa de verlo
todos los días en los diarios, se llama: corrupción, pero, hablar de corrupción
en el arte; es soportable con pensar que no son sinceros algunos escritores y
que por vender sus libros acepten a algún autor como su referente así les
parezca un vómito lo que hayan escrito. Pero si desde el arranque antes de
presentarte en sociedad, te dicen que debes apoyar a tal o cual artista o
escritor que no coincide con tu manera de pensar, tu rechazo podría estar
sujeto a críticas que raye en una soberbia donde no te dejan otra alternativa,
porque si vas a ignorar al que está de moda desde los nuevos clásicos o si el
crítico literario te va a confundir con alguien a quien no has estudiado bien o
lo sabes de leídas pero no completamente desde sus causas, entonces estamos
bien perdidos al momento de estar frente a un auditorio que lo menos que quiere
es un profeta más.
Quizá sea la curiosidad por
querer enterarse de tu vida lo que motive a las personas estar presentes en un auditorio o, una excusa para beber y drogarse o tal vez ligar con
la muchacha que quiere hacer el amor pero aún no se decide y primero quiere ver
dientes rotos antes de abrir las piernas para el macho ganador creyendo que así
lo dicta el instinto de supervivencia, es decir, que el macho alfa sea el que
se lleve sus orgasmos.
Pero si después de haber dado un
discurso inédito y revolucionario, no se ha tomado la Plaza de la ciudad y los
medios de comunicación no están a la puerta del auditorio esperando tus
declaraciones, entonces todo ha sido una pérdida de tiempo. Pero me dirá amigo
lector que un libro no fue hecho nunca con afanes políticos, lo sé, lo sé, pero
todo discurso se enfrenta siempre contra el poder, si es que claro, el poeta
entiende que algo está mal dentro del sistema.
Normalmente, mejor dicho, siempre
y, en esto nunca nada ha variado desde hace siglos, cuando se acaba la
presentación de un libro, el autor no se pregunta si se vendieron todos los
libros o si en la puerta del auditorio hay algún periodista que le esté esperando
para saber de sus novedades. Normalmente está esperando las botellas de licor y
las alabanzas de quienes saben, él hará lo mismo cuando sea el turno de sus
compañeros bebedores de presentar libros. Pero, ¿en realidad leemos esos
libros? Creo que los dejamos en esas cajas de objetos inservibles que solo
sirven para guardar lo que no tiene utilidad alguna.
Creo que todo discurso parte de
lo que se dice y, no es necesario que sea dicho en un auditorio, a veces se puede
decir en plena calle, a veces en un bar o en un bus. La voz que dice lo
acertado no requiere de un libro ni mucho menos de toda la parafernalia propia
de esos escritores con chalina y saco que se sientan a la mesa con muchos
honores y al tomar la palabra, ya no sienten la presentación de su libro como
lo que en realidad debe ser: un ritual. Un par de chistes, un par de anécdotas
de cualquier tipo, risas entre los espectadores y, algo qué contar
graciosamente, sin importar si es buena o no la anécdota, solo saber decirla de
manera encandiladora, con un estilo que atrape la atención de los presentes. Lo
demás no importa, total, ya sabemos que los escritores son personas que se
expolian la piel luego de cada verano disfrutado en el Mediterráneo y que no
necesitan vivir de la venta de sus libros porque además vienen de familias
pudientes y hasta tal vez lo comente con ironía entre líneas, dando a entender
a los presentes que se caga en si le compran o no sus libros, porque se pudre
en dinero y alguien de su linaje debía escribir, eso sí, haciendo prevalecer el
apellido, porque lo escrito es bueno, pero para los que pueden leerlo con
calma, sin apremios, sin apuros, si es que de pronto el público presente se
sienta intruso entre el auditorio, porque un burgués se ha dado el lujo de hablarles
lo que se le ha dado la gana y, encima le has aplaudido y pedido un autógrafo y
si fuera poco, le has dado dos horas de tu vida a alguien a quien le importas
poco o no te recordará nunca, así te tomes una foto a su lado mientras sonría
para las circunstancias.
Entonces, qué del discurso. Fue hecho
para los grandes cambios, quizá, tal vez en otros tiempos, cuando la Literatura
era la Literatura, no ahora cuando es una razón más para tener algo qué hacer
en esa agenda de días aburridos donde todo siempre es lo mismo.
Julio Mauricio Pacheco Polanco
Escritor
Todos los Derechos Reservados
para
Julio Mauricio Pacheco Polanco

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