Allí en los altos hay un café bar
donde la gente la pasa bien, al menos eso quiero creer, no que en el café bar
la estén pasando bien sino más bien que alguien se sienta bien dentro de todo
este desorden llamado mundo.
Es tan sencillo sacarse el preservativo
al momento de sentir cercana la gloria bajo el consentimiento de la muchacha
que se da cuenta de ello. Es tan intenso el placer en ese momento. Nunca es tan
peligrosa la vida como en esos segundos de placer, no sabes cómo es ella,
ningún rostro bello puede representar completamente a la bondad, ni siquiera
los poetas somos buenos, apenas algunos tabacos son nuestras murallas para
hallarle sentido a algo.
Hasta el más astuto llora, ¿lo
sabías nena? Hay una noche para cada uno de nosotros, sin importar el género,
donde sentimos que cada segundo cuesta, no solo para respirarlo, sino también
para entender qué carajos nos ocurre, qué nos puede evadir de estos intentos
malsanos de no querer aprender a ser uno mismo.
Esos libros son tan tediosos como
para entender al autor. Ninguna sabiduría me alcanzó en el momento verdadero y,
así, me tuve que tragar mis palabras para no dar un consuelo que no me llegó a
mí. Dirás que el Escritor conoce sus propias respuestas y eso lo salva. Te diré
que las preguntas son un germen que se inmuniza y retornan a cada hora con más
intensidad y no sabes si es la calle, una botella de cerveza, unos
reanimadores, una consulta con el alienista que está en una crisis mayor a la
de uno, o una muchacha que verá la hora mientras se le hace el amor.
O quizá darle todo el volumen al estéreo
para saber de los que aún no se suicidaron, los que siguen sintiendo y saben
cuántas gotas de sangre desde las venas cortadas significaron el tema que nos
hace reaccionar para no sentirnos tan solos, llenos de un diálogo que nadie
quiere escuchar. ¿Aprendí eso hace años? El ser humano es algo extraño, nunca
se convence de sus verdades. Aquí solo deseamos ser oídos, en estados de
ebriedad. Quizás alguien deba hablarme hasta el cansancio todas las noches para
que pueda dormir sin importarme su soledad, su certeza de saber que siempre
habló para nadie, porque por más interesante que pueda ser un discurso, todo se
resume en un: no estoy de acuerdo, pero, hasta de eso nos cansamos, cuando el
sueño se terminó de mezclar con la voz y de pronto nos dimos cuenta que se
inventaron en esta década más de 1,000 nuevas palabras y, que cada una de ellas
bien podría albergar a un libro extenso donde solo mareos nos ocasiona. Ese virus
letal de la palabra después de un largo día donde no hay nadie para hacer las
paces, donde 5 minutos de diálogo puede ser una pelea de la cual nos
arrepintamos.
Hay tanto qué defender en medio
de tan poco territorio para no perder un poco más como sucedió en el día,
porque no me vas a decir que se gana en cada minuto que transcurre, que es un
milagro llegar con apetito a la hora del almuerzo, que el retornar al
apartamento para sentir el agradable aroma a vainilla te dirá que algo se pudo
rescatar en medio de las soledades de la ciudad.
La verdad es que yo no confío en
ti ni tú tampoco en mí y mucho menos ambos en nosotros. Un segundo de flaqueza
y nos vamos todos a la mierda. Por qué entonces abrazar lo insalvable y
perseverar en seguir escribiendo para los que necesiten respuestas si llegado
el momento, sabemos que éstas ya no bastan para uno.
Ah, un libro tedioso sobre la mesa
de noche, una jarra con mate de manzanilla a falta de presupuesto para comprar
una KR porque lo último de dinero que tuve se lo llevó una muchacha que no
sabía hacer el amor.
El maestro de la vida tiene
razón, el maestro tiene respuestas para
todos, menos para sí mismo.
Julio Mauricio Pacheco Polanco
Escritor
Todos los Derechos Reservados
para
Julio Mauricio Pacheco Polanco

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