A las 12 de la noche en Arequipa,
un martes como hoy, puedes encontrar patrulleros de la policía rondando por la
ciudad, si es que debo acotar que vivo a unos minutos a pie del Cercado. Casi nada
de gente, a lo mucho 3 a 4 personas que están frente a las bodegas,
conversando, quizá comprando alguna bebida para consumirla en sus apartamentos
y luego más nada, solo calles vacías, en medio de un alumbrado muy tenue, bajo
la atenta vigilancia de las cámaras que hay dentro del Cercado donde está la
Plaza de Armas de la ciudad. A mi paso, luego de cruzar uno de los puentes que
va por encima del río de la ciudad, el río Chili, percaté a una mujer
extranjera caminando tranquilamente a la vez que vi a dos cuadras más adelante,
un patrullero de la policía de turistas. Por lo demás, la ciudad está silente y
sin más personas, precisa para tomar del aire fresco y tranquilo entre mis
pasos insomnes que me condujeron a un casino donde fui por vez primera como
para salir de la rutina. A esa hora, antes de llegar al casino que está en uno
de los Portales que rodean la Plaza, un hombre moreno, que por su aspecto y
modo de hablar, reconocí de inmediato como venezolano, me ofreció el servicio
de su café que percaté, estaba cerrado y supuse, creía que era un turista en
busca de un hotel, porque en ese Portal hay hoteles para turistas. Dos pasos
más allá, un hombre de las mismas características, más alto que yo, conversaba
con otro al parecer, compatriota suyo, con mucho relajo, ante la atenta mirada
del patrullero de la policía que estaba estacionado a la vereda.
Al entrar al casino, noté que
habían pocas personas que sin poder dormir, pasaban la noche frente a los tragamonedas
mientras pregunté cuál era la zona para fumadores luego de haberme percatado de
un cartel donde se señalaba que estaba prohíbo fumar. Luego que me indicaran la
zona donde se pudiera calar tabacos, cosa que no logré hacer, pasé por caja
para entregarle un billete de poco valor, lo suficiente como para estar un par
de horas sin esperanzarme en ganar, solo con el ánimo de pasar la noche hasta
que se me acabara el cambio de monedas para la máquina de póker a la cual vi y
en la que quise jugar. En mi rededor habían a lo mucho 3 personas que parecían
no tener ningún ánimo de dormir, uno era de raza blanca y, los otros dos, de
raza mestiza.
Antes de escoger la máquina de póker,
decidí ver por otras máquinas y volví a la sala de ingreso donde pude ver a
tres uniformados policías en silencio por lo que supuse que eran los del
patrullero que había visto antes de entrar al casino. No vi ninguna máquina que
me llamara la atención y fue que elegida la tragamonedas, me senté frente a
ella y, donde gané y perdí lo invertido. Por momentos me parecía entretenido
ganarle a la máquina, pero cuando de pronto me di cuenta que apostara la
cantidad que apostara, llegando al máximo de apuestas, a lo mucho recuperaría
en monedas lo que cambié en caja, para luego de manera gradual, perderlo todo.
Una señorita se me acercó para
invitarme unos snacks mientras me daba cuenta que nadie dialogaba con nadie a
pesar de notar que se conocían porque por momentos, intercambiaban palabras
como viejos camaradas. Había una jarra a un costado con chicha morada y una
mesa con botellas cerradas de gaseosa para servirse. Pasadas 3 horas de entrenamiento,
me di cuenta que los casinos no serían en lo futuro un problema lúdico para mí,
porque me pareció tonto perder ese billete a pesar de haberme sentido
compenetrado con la máquina de póker e inclusive, haber creído por instantes
que podría superar su lógica, cosa que descarté al rato, cuando me di cuenta
que no quería gastar el otro billete que me quedaba y que estaba destinado para
regresar en taxi a mi apartamento.
Luego de pasar por el baño para
lavarme bien las manos con jabón líquido y secarlas con unos papeles toalleros,
salí del Casino y pude ver una pareja de enamorados sentados en una de las
bancas de la Plaza de Armas que daban para el Portal de donde yo salía. Pensé
que tal vez eran una pareja de policías vestidos de civil que atentos a
posibles narcotraficantes que pudieran rondar por la zona, disimulaban su enamoramiento
con sus labores de investigación. Ya a dos pasos hacia abajo, había un hombre que parecía tener la obligación de
pasar la noche en la calle si es que lo primero que pensé es que era uno de
esos hombres como los que veía en los noventas, que se quedaban a dormir en las
veredas sabe Dios por qué razones. El tipo estaba bien abrigado por su casaca
donde tenía las manos metidas en los bolsillos y quien levantó el rostro casi
cubierto por la visera de su gorra con la cual se protegía la cabeza del frío. Me
sostuvo la mirada sin que le prestara importancia. Repito, las calles estaban
vacías entre la media luz de los postes y los raros o escasos taxis que estacionados
en las pistas, al lado de las veredas, pasaban la noche como quien duerme en
sus autos sin deseos de ser despertados. Eran pocos taxistas los que pude
notar, a lo mucho 3.
Abrigado en lo necesario, al
retornar por el camino de venida, encontré solo un perro grande que más que
buscar morder, parecía buscar un amo para seguirle sus pasos. Debo ser preciso,
eran más de las 03:00 a.m. y, el trayecto se me hacía rápido, diferente al del
día, donde las veredas angostas de Arequipa no hacen posible un fácil tránsito
en la ciudad. No había automóviles de particulares, mejor dicho, todos dormían
y, el aire era puro, extrañamente sin olor a sexo, sin el ruido propio de las
camas que se mueven cuando se hace el amor: los olores de los orgasmos a esa
hora estaban ausentes en la ciudad.
A lo mucho al llegar a mi
apartamento, solo pude notar más perros en grupo y otros que ladraban como lo
siguen haciendo hasta ahora que escribo, pero desde las casas de sus dueños.
Sin duda, Arequipa es una de las
ciudades más tranquilas y seguras de Perú, porque de manera inopinada, al salir
sin decírselo a nadie y sin saber qué encontraría en las calles de mi barrio y
el Cercado de la ciudad, por no tener costumbre de hacer vida nocturna, me
quedó una sensación agradable que hasta ahora la detallo en este escrito, si
acaso al querer ver las estrellas en el
cielo, solo pude ver la Luna llena, mientras encendía recién el tabaco
mentolado y me decía: ¡da gusto vivir en esta ciudad!
El patrullero volvió a aparecer. Rondaba
a velocidad calmada.
Julio Mauricio Pacheco Polanco
Escritor
Todos los Derechos Reservados
para
Julio Mauricio Pacheco Polanco

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