lunes, 15 de abril de 2019

LOS IMPOTENTES Y LOS FELICES






No me parece justa la vida sin el placer de las muchachas, toda filosofía carece de sentido, ninguna estrella puede equiparar en su belleza al disfrute de una muchacha de 20 años cuyo verdadero significado es el amor y, no hablo del amor tóxico ni complicado, hablo del amor que se da cuando la tienes en fracciones de segundo desnuda en tu delante y sabes que la vas a poseer, que la vas a penetrar y que ella será feliz con ello.
Esas tristezas en los ojos de los varones impotentes, dedicados a hacer dinero sin poder ya tener orgasmos o una erección fuerte, gruesa, larga y dura, no compensa en nada el sentir cómo ellas permiten que uno entre en sus entrañas hasta hacerlas enloquecer.
¿Cómo podría ser pues la vida para los impotentes que beben o se drogan?, ¿el trabajo o los grandes cargos compensan la ausencia del amor que ellas dan? Creo que la vida no tiene sentido sin el afecto y cariño de ellas, de que desnudas ante el poder penetrador de uno, se entienda que las razones para seguir viviendo son ellas, porque los libros pueden estar en los estantes y, pueden tener respuestas milenarias, pero si no resuelven la impotencia, déjeme decirle estimado lector que no sirven de nada.
Al tenerla frente a mis ojos le dije: “debes ser totalmente sumisa, totalmente esclava, totalmente complaciente y amorosa”, a lo que ella contestó con sumisión con un: “sí, lo acepto todo”.
Rubia, de 20 años, universitaria, blanca y perfecta, precisa para el amor que los impotentes ya no pueden disfrutar de sus constantes orgasmos, de sus fluidos vaginales, de su piel caliente que es apretujada entre mis manos, de mis maltratos en sus nalgas con mis golpes inmisericordes o mi impulsiva manera de penetrarla hasta que ella lo dijera todo: “te entrego mi alma si lo alcanzamos a la vez”. Ella estuvo dispuesta a entregar su alma en pleno orgasmo. “Tengo malas noticias para ti, demoro 5 horas en eyacular entre sexo continuo y penetración constante”.
La muchacha de inmediato me dio su número de celular y emocionada pensó que ya no habían hombres de casi 50 años que pasando de la hora de sexo continuo, haciendo todas las poses posibles, pudiera ser tan feliz y gozoso, lleno de vitalidad y virilidad.
¡Prométeme que me llamaras! Claro que lo haré. Lo que ella no sabía es que yo no repito de muchachas, que tenía ya bien definido mis gustos en torno a las mujeres, que no debían pasar de los 20 años y, debían ser siempre obedientes a mis demandas.
No fue necesario un sexo oral. Le tuve erecta apenas la desnudé. Era un muchacha para amar y. no había más tiempo para pensar en los bebedores impotentes, en los drogadictos que no tienen erecciones, en los hombres que solo conversan entre ellos, los que tienen una inútil filosofía de vida, los que viven por vivir, vegetando, quizá negándose la posibilidad del suicidio, quizás acostumbrados a ver pasar los días, sin que las muchachas les brinden el amor de esos años, cuando la existencia tenía sentido.
Solo me queda decir: ¡padre y madre, gracias por haberme dado la vida!

Julio Mauricio Pacheco Polanco
Escritor
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Julio Mauricio pacheco Polanco


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