No me parece justa la vida sin el
placer de las muchachas, toda filosofía carece de sentido, ninguna estrella
puede equiparar en su belleza al disfrute de una muchacha de 20 años cuyo
verdadero significado es el amor y, no hablo del amor tóxico ni complicado,
hablo del amor que se da cuando la tienes en fracciones de segundo desnuda en
tu delante y sabes que la vas a poseer, que la vas a penetrar y que ella será
feliz con ello.
Esas tristezas en los ojos de los
varones impotentes, dedicados a hacer dinero sin poder ya tener orgasmos o una
erección fuerte, gruesa, larga y dura, no compensa en nada el sentir cómo ellas
permiten que uno entre en sus entrañas hasta hacerlas enloquecer.
¿Cómo podría ser pues la vida
para los impotentes que beben o se drogan?, ¿el trabajo o los grandes cargos
compensan la ausencia del amor que ellas dan? Creo que la vida no tiene sentido
sin el afecto y cariño de ellas, de que desnudas ante el poder penetrador de
uno, se entienda que las razones para seguir viviendo son ellas, porque los
libros pueden estar en los estantes y, pueden tener respuestas milenarias, pero
si no resuelven la impotencia, déjeme decirle estimado lector que no sirven de
nada.
Al tenerla frente a mis ojos le
dije: “debes ser totalmente sumisa, totalmente esclava, totalmente complaciente
y amorosa”, a lo que ella contestó con sumisión con un: “sí, lo acepto todo”.
Rubia, de 20 años, universitaria,
blanca y perfecta, precisa para el amor que los impotentes ya no pueden disfrutar
de sus constantes orgasmos, de sus fluidos vaginales, de su piel caliente que
es apretujada entre mis manos, de mis maltratos en sus nalgas con mis golpes
inmisericordes o mi impulsiva manera de penetrarla hasta que ella lo dijera
todo: “te entrego mi alma si lo alcanzamos a la vez”. Ella estuvo dispuesta a
entregar su alma en pleno orgasmo. “Tengo malas noticias para ti, demoro 5
horas en eyacular entre sexo continuo y penetración constante”.
La muchacha de inmediato me dio
su número de celular y emocionada pensó que ya no habían hombres de casi 50
años que pasando de la hora de sexo continuo, haciendo todas las poses
posibles, pudiera ser tan feliz y gozoso, lleno de vitalidad y virilidad.
¡Prométeme que me llamaras! Claro
que lo haré. Lo que ella no sabía es que yo no repito de muchachas, que tenía
ya bien definido mis gustos en torno a las mujeres, que no debían pasar de los
20 años y, debían ser siempre obedientes a mis demandas.
No fue necesario un sexo oral. Le
tuve erecta apenas la desnudé. Era un muchacha para amar y. no había más tiempo
para pensar en los bebedores impotentes, en los drogadictos que no tienen
erecciones, en los hombres que solo conversan entre ellos, los que tienen una
inútil filosofía de vida, los que viven por vivir, vegetando, quizá negándose
la posibilidad del suicidio, quizás acostumbrados a ver pasar los días, sin que
las muchachas les brinden el amor de esos años, cuando la existencia tenía
sentido.
Solo me queda decir: ¡padre y madre, gracias por haberme dado la vida!
Julio Mauricio Pacheco Polanco
Escritor
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Julio Mauricio pacheco Polanco

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