Me quedaron esas ganas de la
anterior muchacha a quien la penetraba mientras la cargaba por toda la
habitación, arrimándola por todas las paredes para embestirla para luego,
siempre sujetada por mis brazos vigorosos y fuertes, la alzara en el aire
mientras ella se sujetaba de mis hombros y con sus piernas cruzadas sobre mi
cintura, sintiera todo su sexo y ano abierto por mis manos que la alzaban desde
allí mientras la subía y bajaba en el aire, metiéndole todo mi miembro viril
hasta hacerla enloquecer.
Sin embargo, al salir de la
habitación, ella estaba allí, la muchacha de lentes que siempre me provocaba,
repitiendo una y otra vez si es que aún no había encontrado mi afrodita, vaya
afrodita para conocer por serme conocedor de cientos de muchachas y por haber
leído ellas todos mis relatos y novelas sobre el amor que inspiradas en ellas,
me hacían volver una y otra vez en busca del placer o el amor que ellas sin
reparo alguno me brindan sin condiciones.
Entonces en un arranque de coraje
me dijo: ¡yo soy tu afrodita!, a lo que la tomé con fuerza de la cintura y la
cargué en peso para decirle: ya hace tiempo que me vienes provocando, hemos
hecho el amor hace un par de años y desde entonces no sé de tus favores,
recuerdo que esa vez que te hice mía filosofamos y me demostraste ser una
muchacha que le gustaba leer libros extraños, raros y propios de mujeres
intelectuales, ¿por qué no mejor pasamos a hacer el amor? Ella sin reparo alguno,
sonriente como las triunfadoras, me jaló de la mano y me llevó a la habitación
donde había estado con la anterior muchacha y me dijo: tienes fama de
mujeriego, de saber hacer el amor a las muchachas que necesitan un hombre de
verdad. Pero no le dejé terminar de hablar, con violencia le quité la ropa y lo poco de valor que le quedaba
para desafiarme, porque siempre lo hacía, siempre que las visitaba me decía que
era un insaciable buscador de la diosa del amor. ¿Así que querías hacerme el
amor todo este tiempo, no?, ¿por eso me retabas y desafiabas?, ¿esperaste mucho
este momento, no?, ¡pues siénteme ahora dentro de ti, siente cómo entro y salgo
de tu sexo a mi voluntad! Entonces solo pude ver el rostro de una muchacha
derrotada, sometida y feliz, el rostro de una muchacha a la cual le hacía el
amor con furia, a quien empecé a sujetarle con fuerza del cabello hasta perder
el control y golpear su cabeza contra la cama insistentemente mientras la penetraba con rapidez
y frenesí. Ella era feliz en ese momento, era una muchacha satisfecha que se
había dado el gusto de hacer el amor con un hombre incapaz de enamorarse. Entonces
me pidió hacerme un oral, se le notaba las ganas de tener mi miembro viril
entre sus labios, dentro de su boca, hasta llegar a lo más profundo de su
garganta, hasta atragantarla y usar su cabeza como un agujero por donde metía y
sacaba con vehemente velocidad mi pene.
Atrás quedó el recuerdo de la
primera vez que hicimos el amor cuando se negó a quitarse el sostén y los
lentes, mucho menos a hacerme un sexo oral, ahora era una muchacha con el sexo
bastante chorreado que solo quería ser mía, la afrodita del amor, la que se
derretía por tener dentro de su vagina el músculo de fierro ardiente de mi
miembro viril.
Para todas las poses y para todos
mis gustos, ella finalmente se rindió cuando alcancé mi orgasmo y sonriente me
decía: lo peor de todo esto bueno, es que sé que no me volverás a tomar y
hacerte tu mujer, pero ya me di el gusto. Ella estaba desnuda, limpiándose los
rastros del amor de su sexo y el sudor de su piel con unas toallas, yo estaba
echado sobre la cama pensando en que fue un endemoniado sexo que merecía una
repetición, pero eso era algo que no se lo confesaría. Me gustó mucho ver su
rostro complacido, porque horas antes, en camino a encontrarme con ellas,
pensaba en que hombre más feliz en este mundo no había, si acaso pensaba en las
sorpresas que me deparaba la vida, cuando tuviera que elegir con qué muchachas
haría el amor, para saber lo bueno de la existencia.
Al salir el hombre que las
cuidaba me dijo: Mauricio, te llamaré en estos días, hay mujeres que desean
hacerte el amor, te van a pagar por ello. Bajé las gradas, salí del hotel, encendí
un tabaco y me dije: ¡para esto nací, para ser feliz!
Julio Mauricio Pacheco Polanco
Escritor
Todos los Derechos Reservados
para
Julio Mauricio Pacheco Polanco

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