domingo, 19 de mayo de 2019

HACIENDO EL AMOR CON AFRODITA






Me quedaron esas ganas de la anterior muchacha a quien la penetraba mientras la cargaba por toda la habitación, arrimándola por todas las paredes para embestirla para luego, siempre sujetada por mis brazos vigorosos y fuertes, la alzara en el aire mientras ella se sujetaba de mis hombros y con sus piernas cruzadas sobre mi cintura, sintiera todo su sexo y ano abierto por mis manos que la alzaban desde allí mientras la subía y bajaba en el aire, metiéndole todo mi miembro viril hasta hacerla enloquecer.
Sin embargo, al salir de la habitación, ella estaba allí, la muchacha de lentes que siempre me provocaba, repitiendo una y otra vez si es que aún no había encontrado mi afrodita, vaya afrodita para conocer por serme conocedor de cientos de muchachas y por haber leído ellas todos mis relatos y novelas sobre el amor que inspiradas en ellas, me hacían volver una y otra vez en busca del placer o el amor que ellas sin reparo alguno me brindan sin condiciones.
Entonces en un arranque de coraje me dijo: ¡yo soy tu afrodita!, a lo que la tomé con fuerza de la cintura y la cargué en peso para decirle: ya hace tiempo que me vienes provocando, hemos hecho el amor hace un par de años y desde entonces no sé de tus favores, recuerdo que esa vez que te hice mía filosofamos y me demostraste ser una muchacha que le gustaba leer libros extraños, raros y propios de mujeres intelectuales, ¿por qué no mejor pasamos a hacer el amor? Ella sin reparo alguno, sonriente como las triunfadoras, me jaló de la mano y me llevó a la habitación donde había estado con la anterior muchacha y me dijo: tienes fama de mujeriego, de saber hacer el amor a las muchachas que necesitan un hombre de verdad. Pero no le dejé terminar de hablar, con violencia le quité  la ropa y lo poco de valor que le quedaba para desafiarme, porque siempre lo hacía, siempre que las visitaba me decía que era un insaciable buscador de la diosa del amor. ¿Así que querías hacerme el amor todo este tiempo, no?, ¿por eso me retabas y desafiabas?, ¿esperaste mucho este momento, no?, ¡pues siénteme ahora dentro de ti, siente cómo entro y salgo de tu sexo a mi voluntad! Entonces solo pude ver el rostro de una muchacha derrotada, sometida y feliz, el rostro de una muchacha a la cual le hacía el amor con furia, a quien empecé a sujetarle con fuerza del cabello hasta perder el control y golpear su cabeza contra la cama insistentemente mientras la penetraba con rapidez y frenesí. Ella era feliz en ese momento, era una muchacha satisfecha que se había dado el gusto de hacer el amor con un hombre incapaz de enamorarse. Entonces me pidió hacerme un oral, se le notaba las ganas de tener mi miembro viril entre sus labios, dentro de su boca, hasta llegar a lo más profundo de su garganta, hasta atragantarla y usar su cabeza como un agujero por donde metía y sacaba con vehemente velocidad mi pene.
Atrás quedó el recuerdo de la primera vez que hicimos el amor cuando se negó a quitarse el sostén y los lentes, mucho menos a hacerme un sexo oral, ahora era una muchacha con el sexo bastante chorreado que solo quería ser mía, la afrodita del amor, la que se derretía por tener dentro de su vagina el músculo de fierro ardiente de mi miembro  viril.
Para todas las poses y para todos mis gustos, ella finalmente se rindió cuando alcancé mi orgasmo y sonriente me decía: lo peor de todo esto bueno, es que sé que no me volverás a tomar y hacerte tu mujer, pero ya me di el gusto. Ella estaba desnuda, limpiándose los rastros del amor de su sexo y el sudor de su piel con unas toallas, yo estaba echado sobre la cama pensando en que fue un endemoniado sexo que merecía una repetición, pero eso era algo que no se lo confesaría. Me gustó mucho ver su rostro complacido, porque horas antes, en camino a encontrarme con ellas, pensaba en que hombre más feliz en este mundo no había, si acaso pensaba en las sorpresas que me deparaba la vida, cuando tuviera que elegir con qué muchachas haría el amor, para saber lo bueno de la existencia.
Al salir el hombre que las cuidaba me dijo: Mauricio, te llamaré en estos días, hay mujeres que desean hacerte el amor, te van a pagar por ello. Bajé las gradas, salí del hotel, encendí un tabaco y me dije: ¡para esto nací, para ser feliz!

Julio Mauricio Pacheco Polanco
Escritor
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Julio Mauricio Pacheco Polanco

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