Mirar desde la ventana los recuerdos cuando no se puede regresar en el
tiempo, es como haber hallado la mejor manera de volver a rehacer la vida si el
genio apareciera y te concediera el deseo.
El hielo, el frío, el Sol que no es el mismo de donde uno proviene, la
frialdad de la mujer que te acompaña, los libros para aprender otro idioma que
no te gusta o, el destino otra vez donde juraste nunca más volver pero sabes,
no te queda de otra.
Encontraste muchos dioses a lo largo del viaje, los suficientes como
para ver ojos fanáticos y milagros que sin explicación, venerados eran si así
es cada sociedad y, no puedes ir contra ello.
Tomar una taza con café, porque la suerte no fue hallarlo en el
supermercado sino, sobrevivir al frío y la nieve. Tomar una taza con café
caliente mientras otros mastican el pan de hace semanas, duro, acompañado de
dulces amargos y un aroma a vacío donde sólo hay soledad y tristeza: ese libro
dijo cosas muy ciertas pero duele volver a leerlo, porque sabes que alguien
logró cosas que nadie se hubiera atrevido a hacerlas y, sabes, las hizo en
contra de su voluntad.
Dirás que eso es un libro: una forma de apartarse de todo cuando nada
quedó en pie. Hechas todas las jugadas con partida ganada, nacerías recién tú
sin saber ni hablar o caminar. Bueno, al menos el libro te hace olvidar ello. Por
dónde van las páginas que esbozan lo perdido y pintan a la fuerza ese Sol que
ya no puede ser alcanzado, porque se trata de cruzar el mundo y, esas cosas sí
son verdaderamente imposibles.
Echar las cartas para jugar al solitario con tu pareja, ella sólo
observa, parece reírse detrás de las más perfectas ironías, guarda silencio,
está viendo la hora en el celular, espera que cumplas el acuerdo: debes hacerle
el amor como han acordado, sino, te vas a la calle, donde sólo hay nieve y
frío. Es una bonita manera de hacer un contrato de amor. ¿Tú me amas? No, para
nada, al menos quiero también tener sexo para que mi vecina sepa que estoy viva
y tengo un hombre en mi casa, ella piensa, él juega solitario, toma de su taza
con café, no hay dónde más ir, es como un manicomio de estar.
Desde el metro, los mejores libros que no se explayaron en su totalidad,
nos recuerdan los días de la inocencia, cuando quisimos entenderlos. Volver a
leerlos por enésima vez es todo un placer, creo que son la mejor biblioteca
humana, ellos fueron los únicos que tuvieron el coraje de rechazar el Premio
Nobel de Literatura. Lo que deja pensando es: ¿y dónde están ahora? Porque hay
ciudades donde no se permite uno ser vagabundo, te pueden dar comida, cama y
ropa, pero sabes que debes marcharte pronto, que más allá el cielo no existe y,
hacia el sur, el mar es la invitación al despido de esto que no te atreves a
terminar. Y entonces vuelves a pensar en el genio de los deseos, lo has
invocado muchas veces, tantas que cansado sabes ya que no existe. Vuelves al
libro que te emociona tanto, ese que te lo llevaste hasta el confín del mundo
donde ahora estás, no, sabes que ése es tu último ritual, cuando ya no puedes
más, porque el autor se fue hasta el extremo y no tuvo miedo, lo dejarás para
después, la hora se ha vencido, el café se acabó, es hora de hacer el amor y,
tú no sientes placer, no sientes nada, inclusive estando erecto.
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