jueves, 18 de diciembre de 2025

DEL LIBRO DEL DÍA DONDE NADA ACABA


 


Mirar desde la ventana los recuerdos cuando no se puede regresar en el tiempo, es como haber hallado la mejor manera de volver a rehacer la vida si el genio apareciera y te concediera el deseo.

El hielo, el frío, el Sol que no es el mismo de donde uno proviene, la frialdad de la mujer que te acompaña, los libros para aprender otro idioma que no te gusta o, el destino otra vez donde juraste nunca más volver pero sabes, no te queda de otra.

Encontraste muchos dioses a lo largo del viaje, los suficientes como para ver ojos fanáticos y milagros que sin explicación, venerados eran si así es cada sociedad y, no puedes ir contra ello.

Tomar una taza con café, porque la suerte no fue hallarlo en el supermercado sino, sobrevivir al frío y la nieve. Tomar una taza con café caliente mientras otros mastican el pan de hace semanas, duro, acompañado de dulces amargos y un aroma a vacío donde sólo hay soledad y tristeza: ese libro dijo cosas muy ciertas pero duele volver a leerlo, porque sabes que alguien logró cosas que nadie se hubiera atrevido a hacerlas y, sabes, las hizo en contra de su voluntad.

Dirás que eso es un libro: una forma de apartarse de todo cuando nada quedó en pie. Hechas todas las jugadas con partida ganada, nacerías recién tú sin saber ni hablar o caminar. Bueno, al menos el libro te hace olvidar ello. Por dónde van las páginas que esbozan lo perdido y pintan a la fuerza ese Sol que ya no puede ser alcanzado, porque se trata de cruzar el mundo y, esas cosas sí son verdaderamente imposibles.

Echar las cartas para jugar al solitario con tu pareja, ella sólo observa, parece reírse detrás de las más perfectas ironías, guarda silencio, está viendo la hora en el celular, espera que cumplas el acuerdo: debes hacerle el amor como han acordado, sino, te vas a la calle, donde sólo hay nieve y frío. Es una bonita manera de hacer un contrato de amor. ¿Tú me amas? No, para nada, al menos quiero también tener sexo para que mi vecina sepa que estoy viva y tengo un hombre en mi casa, ella piensa, él juega solitario, toma de su taza con café, no hay dónde más ir, es como un manicomio de estar.

Desde el metro, los mejores libros que no se explayaron en su totalidad, nos recuerdan los días de la inocencia, cuando quisimos entenderlos. Volver a leerlos por enésima vez es todo un placer, creo que son la mejor biblioteca humana, ellos fueron los únicos que tuvieron el coraje de rechazar el Premio Nobel de Literatura. Lo que deja pensando es: ¿y dónde están ahora? Porque hay ciudades donde no se permite uno ser vagabundo, te pueden dar comida, cama y ropa, pero sabes que debes marcharte pronto, que más allá el cielo no existe y, hacia el sur, el mar es la invitación al despido de esto que no te atreves a terminar. Y entonces vuelves a pensar en el genio de los deseos, lo has invocado muchas veces, tantas que cansado sabes ya que no existe. Vuelves al libro que te emociona tanto, ese que te lo llevaste hasta el confín del mundo donde ahora estás, no, sabes que ése es tu último ritual, cuando ya no puedes más, porque el autor se fue hasta el extremo y no tuvo miedo, lo dejarás para después, la hora se ha vencido, el café se acabó, es hora de hacer el amor y, tú no sientes placer, no sientes nada, inclusive estando erecto.


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