
Muchas veces me rendí y, en el sentir que di más de mis posibilidades, si sentí haber llegado a mis límites, sin saber qué más hacer, dentro de mis reflexiones, veo esto como una constante, como si siempre hubiese sido así. Reitero una y otra vez: no elegimos nuestras circunstancias, tampoco puedo decirle a los muchachos que tomen calmantes como lo hago yo, mucho menos mentirles y decirles que escribir es una forma de salvarse, porque si bien, conmigo resulta siempre, sé de otras personas que han intentado darse un aliento escribiendo y, han terminado sucumbiendo a demonios interiores mayores.
Sé que no todos pueden sobrellevar experiencias limítrofes estudiando para evadirse, fumar cigarrillos mentolados o sólo consumir Cool Fresh. Hay quienes no dejan de beber desde hace décadas y sé que luchan bastante hasta hoy, los que consumen drogas saben muy bien de las experiencias fronterizas, de cuando uno no puede más consigo mismo.
Desde el 2010 quieren mis terapeutas quitarme el diagnóstico con el que me internaron 5 veces en psiquiátricos por haber tenido una juventud que desafió a todo, quizá fue por presentar una novela ante un auditorio repleto de personas, luego de una conferencia de prensa donde los periodistas no daban crédito a lo que declaraba, si el día de mi presentación, pensaron que era un eminente psiquiatra que iba a esclarecer la esquizofrenia, si el éxito de la novela breve, Los Derroteros de la Soledad, se basara en que el testimonio que diera, dejara a los presentes desconcertados. Esa noche se agotaron los 250 ejemplares que se editaron de una novela que dejó una pauta en la historia de la literatura de esta parte de Perú: ¿quieren callar a un escritor?, pues bien, les demostraré que se requiere mucho más que un diagnóstico para poder silenciarme. Desde entonces, cada 5 años que me hacen la respectiva evaluación médica, intentan quitarme el diagnóstico que está testimoniado en mi novela: Crímenes de Lesa Humanidad que está en Amazon. Mi pedido es contrario, en mi caso, soy fármaco dependiente, ante mis ataques de ira, el Clonazepam es el único que puede calmarme. La terapia con psicólogos y psiquiatras está demás, cuando voy a mis controles, se remiten a imprimir la receta y en vez de tener que escucharme, me relatan sus problemas. No supe que los revolucionarios llevaban el diagnóstico que llevo, es una forma de decirle al mundo que la lucidez la impone el poder, una etiqueta mental que no me afecta. Pero eso no puedo sugerirles a los jóvenes que tienen sus propias lucideces, sí, como lo lee estimado lector: no existe una sola lucidez, lo que existe es un solo sistema. ¿Pensador Libre?, creo que me gané ese derecho, a tener una voz muy fuerte que viene escribiendo desde las épocas del colegio, cuando percaté que el mundo iba mal y no me gustaba, siendo mis escritos la mejor manera de comunicar a los de mi generación que algo debíamos hacer para mejorar la realidad. Han pasado muchas décadas de ello y sé, los poetas no cambiamos en nada la realidad, sólo somos lugares donde se refugian los lectores cuando quieren recordar quiénes lo intentaron todo, pasando por experiencias extremas y, perseveran en escribir, como testigos de un tiempo, donde son la memoria de muchas generaciones que se enfrentan ante lucideces diferentes, porque cada generación tiene su propia lucidez o manera de interpretar a la existencia.
Me he duchado con agua bien helada en plena tarde de lluvia aquí en Arequipa, he salido para comprar mi gaseosa con la cual me estimulo para escribir, diré que cada quien tiene sus propios rituales antes de decir todo lo que se tiene que decir, antes de ceder al silencio y sentirnos totalmente derrotados, sin ganas de estar aquí.
No elijo atravesar por experiencias fronterizas, no son endógenas, se basan como nos pasa a todos, en hechos sobre los cuales, debo exigirme más de lo que pueda rendir, ir más allá de mis límites, como si fuera un übermensh, el ideal del superhombre, el que debe vencer los límites humanos y sé, he perdido muchas veces no por jactarme de esos estados fronterizos donde cruzo umbrales propios de quienes sentimos: ya no podemos más, si eso sea un ser liminar, alguien que pueda sostener como escritor a todo ese universo de personas que me leen, sin tener quien me sostenga a mí, desde una soledad donde soy decenas de miles de palabras plasmadas en mis escritos o mi Blogger. Apenas tengo mi respuesta ante algo que no he elegido. Supongo que tener casi 55 años me da cierta autoridad para escribir sobre las experiencias imposibles. Pensaré en todas mis luchas, creo que eso me sostiene, el mirar hacia atrás, el saber de mis derrotas, de las contadas alegrías, de lo que quise hacer y no pude, de la gran deuda moral que tengo ante mí, si ese sea mi mejor argumento, antes de caer a ese abismo del cual nadie retorna, sin dejar bien en claro, qué puede ser peor.
Es otra tarde donde empiezo a escribir. Creo que me hace bien, me siento bien, esto me ayuda mucho, ¿te acompañé estimado lector? Porque creo también escucharte desde tus profundos silencios.
No hay comentarios:
Publicar un comentario