Te habías desmayado en la silla y perdías el conocimiento, me decías: “Mauricio,
me desmayo” y, apenas podía escuchar tu voz. Llamé por celular a mi hermano
menor que es tu estatura, 1,88m y, levanta 150kg en el gimnasio todos los días,
él estaba en el segundo piso cuidando a mi madre, vivimos en apartamentos
separados, bajó y, pesabas como cuando eras joven papá, 125kg. Entre mi hermano
y yo, no podíamos entrarte al apartamento, hicimos muchas pausas en un pasadizo
de apenas 8 metros de largo, sentándote a cada momento en una silla para que
descanses, hasta que lanzaste un carajo fuerte y gritaste: ¡me caigo carajo! En
ese momento supe que te habías recuperado, si es que deba añadir, mi padre se
ha caído los últimos 7 años cerca de 50 veces sin hacerse daño, por un problema
que tiene en la cadera y le dificulta estar en pie. Te recostamos con mucho
esfuerzo sobre la cama y te dejamos dormir. Le dije a mi hermano: es sobredosis
de Levomeprazina, le estuve dando una pastilla entera de 100mg para que pudiera
dormir toda la noche, esto ha sido hace más 10 de días, le bajaré la dosis, se
recuperará. Mi hermano me dijo: no lo saques más a la frentera del apartamento,
si no estaba aquí, ¿quién te habría ayudado a entrar a papá?, mira que estuvo
perdiendo el conocimiento.
Han pasado 3 días de esto. Hoy por la mañana, luego que le bajara a la
mitad, la dosis de la pastilla para dormir, mi padre despertó temprano, agarró
su trompeta y empezó a tocarla. Bajé de inmediato y le dije: “¡toca con toda tu
fuerza para que la ablandes y le saques buen sonido!”. Sabía que se había recuperado.
Tocó así por cerca de una hora, luego, vi que salía el sol, que los días de
lluvia nos daban una tregua y que a mi padre le gusta tomar sol. Salgamos, le
dije, haz tocado la trompeta por una hora, eso quiere decir que estás bien. Le asee,
le di el desayuno, le cambié de ropa, le puse su sombrero de sol y, con ayuda
del andador, salimos hasta la frentera del apartamento para que tomara el sol
que tanto le gusta. Y así estuvimos por más de una hora. Habló con claridad, me
relató historias de Modesto Pacheco, su padre, mi abuelo. Pasamos porque se
nubló mientras le decía: “venciste papá, haz logrado una vez más lo imposible,
no sólo has tocado la trompeta a todo pulmón apenas despertaste, estás caminando
otra vez”. Lo dejé en su cuarto escuchando huarachas de Nico Estrada mientras
caí en un sueño muy profundo, hasta la hora del almuerzo en que debía traer los
alimentos para el mediodía y la cena. Luego de almorzar, mi padre siguió
tocando la trompeta como en sus viejos tiempos, interpretó como hacía muchos
años no lo hacía: La balada de la trompeta. El sueño me venció. Volví a
despertar, bajé, mi padre estaba sentado en su sillón, se levantó de inmediato
y me dijo imperativamente mientras se sentaba en la cama: siéntate en el
sillón. Estoy cansado papá, respondí, supe que se había recuperado del todo.
En 3 meses cumple 85 años.
Mi padre tuvo siempre una característica desde muy temprana edad: nació
con una fuerza descomunal y la virtud del silencio, advertido que su intelecto
no era tan desarrollado, al hecho de ser profesor y sociólogo, conoció desde
temprana edad sus limitaciones y optó por el silencio desde que nosotros éramos
muy niños, hablo de mis hermanos y yo.
También le gustaban mucho los libros al igual que a mí, pero los dejó
por tener que asumir la paciencia de los padres que tienen hijos muy
hiperactivos a quienes supo dejar crecer en libertad y proteger.
Ahora duerme muy tranquilo en su dormitorio. No es necesario darle
fuertes sedantes para que pueda dormir. Está tranquilo.
Vencimos a la muerte papá. Puedes volver a caminar. Te recuperaste. Por segundos
habías perdido el conocimiento. No podíamos mi hermano y yo meterte al
apartamento para recostarte en tu cama. Hoy tomaste sol hasta aburrirte en la
frentera del apartamento y, tocaste la trompeta hasta decir: basta.
La vencimos papá, la vencimos.

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