¡Oh, maestro!
Hemos perdido al hombre y a la mujer
La tristeza derrota a nuestras viejas glorias
Y los héroes que nos daban cantos legendarios han muerto sin
gestas épicas
Yo he visto desmoronarse los propósitos para los que
nacieron a los mejores
Y en nuestros corazones, los viejos libros ya no nos dicen
nada
¿Qué vida tan insoportable es ésta donde no hay voces que
nos recuerden
Lo que quisimos alguna vez ser?
La ciudad que buscábamos está desolada y nadie quiere vivir
ya allí
Por sobre el orbe reina la confusión y la desesperanza
No hay más adagios para los que labran un mundo echado a la
locura
¿No fuiste tú el que demostró que se puede vencer lo
invencible?
¿Qué páginas más deberán ser arrancadas de nuestras historias
Para en desprecio por lo que somos, no nos sintamos más
dignos?
¿Fue solo poesía lo que nos relatabas cuando hablabas de tus
grandes hazañas?
¿Dónde han quedado los versos propuestos cuando naciste para
alegría nuestra?
Tu voz era la voz de un inmortal
Y repetías constantemente que
Hace falta una nueva verdad para el ser humano
Pero nos has abandonado,
Te has entregado a los placeres que otorgan las mujeres
Y desde tu inmensa soledad, has renunciado al mundo para
dejarnos solos.
Nuestra demencia es atroz y al ver el rededor ya no te
encontramos
Y así, tu nombre es un eco que nos recuerda otros tiempos
donde hubo fe
¿Qué apartó tu voluntad de todos nosotros?
¿De qué manantial bebes ahora que estás muy lejano y eres
feliz?
Porque te leemos y recordamos al hombre mancebo que luchaba
contra todo solo
Y así, tu camino no lo podemos seguir
¿Serán tus derroteros la señal de lo que es imposible a nuestro
andar?
¡Maestro!
Hemos perdido al hombre y a la mujer
Y a la deriva vamos sin un norte a seguir
Tú que has probado de las mieles y lo más amargo
¿Podrás comentarnos a esta hora qué te aparta de nosotros?
¿Cuál es la dicha desde la cual nos detestas y amas?
¡Oh, sí, la voluptuosidad es tu diosa en quien descansas!
Ya no nos quedan verdades de qué asirnos
Y en el empezar de los días, nuestros ojos solo contemplan
el piso frío
¡A hiel sabe tu sabiduría!
Tus pasos de mole en medio de la ciudad nos ofenden y encara
nuestra cobardía
¿No eras el hombre desesperado que no tenía con quien
dialogar?
¿No eras el profeta que alzaba la voz para en gritos
furiosos arrostrar nuestros errores?
¿Si ya lo has vencido todo?
¿Por qué nos has abandonado para encerrarte en tu habitación
con tus mujeres?
¿Es esa tu enseñanza ahora que las plazas están vacías?
¿Por qué si antes eras voluntad ahora eres la libertad que nadie
tiene?
¡A hiel sabe tu sabiduría!
Y sin embargo eres feliz desde donde moras
La ciudad ya no es la misma desde esas noches
Donde en poemas nos exaltabas hasta el delirio
Pues así creímos en el superhombre
Y así te veíamos en tu florecimiento gobernar sin que lo
supieras.
¡Ah, ha pasado tanto tiempo desde entonces!
¿Será que el placer te ha señalado un camino diferente?
¿Entonces, señor de los placeres, en qué noche dejaste de
amar con vehemencia
Lo que fue buscado por nosotros?
Las plazas están vacías
Hemos perdido al hombre y a la mujer
Mientras que tú brillas en lo inmenso estando ausente
Siendo así nuestro silencio
La embriaguez de lo que fuimos
Los sueños que fueron muriendo
Las noches que ya no volverán
Porque a nosotros has renunciado
Y ya no hay más poesía.
Julio Mauricio Pacheco Polanco
Poeta
Todos los Derechos Reservados para
Julio Mauricio Pacheco Polanco

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