¡Éste es el mejor San Valentín
que he pasado en mi vida! 2 horas de sexo continuo no fueron suficientes, el
tener su cabello pelirrojo entre mis dedos, sujetándolo con todas mis fuerzas
mientras sentía su sexo hirviendo en elevadas temperaturas mientras tenía un
orgasmo tras otro me hizo pensar que quizás estaba con una mujer de esas que
nunca se olvidarán. Su rostro perfecto y su piel blanca, precisa para las
marcas de mis uñas, esas cachetadas que recibía en sus nalgas propias de las
que son elegidas para el amor y, su desesperación para hacer el amor, sus ganas
de ser sometida, de que la maltrataran y la hicieran sentir hembra, más allá de
las reglas que ella imponía a sus amantes, se vio derrotada ante la violencia
de mis embestidas, de mi excitación a medida que gritaba ella con ansiedad
sintiendo placer mientras la cambiaba de postura y veía en sus ojos la
necesidad de que el amor no se acabara nunca, que todo se resumiera en el San
Valentín que compartíamos, porque por ratos se sentía muy relajada, libre de
cualquier tensión o estrés, llegando a un estado de Nirvana del cual no quería
ya salir jamás. Había oído hablar de mí y sumisa, postrada sobre la cama, me
dijo: soy tuya, haz de mí lo que quieras, no me tengas piedad, cosa que supe
aprovechar mientras ella me ponía el preservativo y con mucha ansiedad se iba
tras mi miembro viril muy grueso y en un tamaño muy mayor, para metérselo a su
boca, para que esos labios perfectos, me hicieran entender que es muy difícil
quedarse con una sola muchacha, que cuando se llega a la edad de la libertad,
sabes que muchachas como ella, siempre estarán allí para ser amadas.
Su voz temblorosa me hizo entender
en fracción de segundos que estaba a mi merced, que ella se moría por hacerme
el amor, que necesitaba de un macho dominante que le hiciera sentir lo que
desde hacía años no sentía. Que si era una experta haciendo el amor, pues lo
era, mientras entre mis manos retenía sus senos a los cuales ella permitía
apretarlos con fuerza, para luego acaparar todo su cuerpo con mis dedos, mis
uñas, el morderle su espalda con todas mis fuerzas, para hacerle entender que hay razones superiores que deben ser meditadas
cuando la soledad aparece, cuando los intentos de acabar con todo no han
conocido lo que propone el amor de los que somos capaces de hacer olvidarlo
todo y entusiasmar en el seguir adelante, cuando se ha conocido la felicidad y
de ésta ya no se quiere apartar nadie.
Porque llegado el momento, ella
empezó a gemir con todas sus fuerzas, agradándome con ello, al sentirme
literalmente estar haciendo el amor con una loba, ese tipo de mujeres que
cuando sienten, no se limitan a quedarse calladas y quieren que toda la ciudad
sepa que las están poseyendo, que en ritmos veloces de penetración, al pedirme
que la maltrate más, parecía el amor algo más que un exorcismo, algo más que dos
manos apretando todo su cuerpo, la locura de escuchar con mi voz gruesa: te
amo, te deseo, eres mía, estoy dentro de ti, estoy llegando donde ningún otro
hombre ha llegado y no quiero dejar de hacerte el amor, quiero quedarme aquí a
tu lado hasta morir, si acaso esto es alcanzar la gloria, algo que pocos
hombres han llegado a conocer.
Porque cuando nos aseguramos bien
que el preservativo estaba seguro, decidimos alcanzar el orgasmo
simultáneamente, entrando en un trance donde nos olvidamos que estábamos en una
habitación que daba a una calle muy transitada que de pronto se detuvo cuando
empezaron a sentir nuestro clímax que se convirtió en un grito ensordecedor, si
es que así empezaba el buen San Valentín desde bien temprano, con la certeza
que el amor era un canto victorioso, un lecho donde los amantes que recién se
conocían les importaba nada que estuviéramos a pocos metros de la Plaza
Principal de la ciudad, donde las personas anonadadas se preguntaban: ¿es así
de intenso el placer?
Nunca tuve un orgasmo tan
prolongado y duradero, tan vigoroso y furioso, tan lleno de vitalidad ante una
mujer que derrotada, se entregaba a su feminidad mientras hacía lo propio,
sintiéndose libre para liberar a vivos gemidos que era amada, poseída, como a ella
le hubiera gustado siempre ser tomada, si es que así empezó San Valentín en
esta ciudad de algo más de un millón y medio de habitantes, donde el amor
reina, domina y es de todos.
Julio Mauricio Pacheco Polanco
Escritor
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Julio Mauricio Pacheco Polanco

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