jueves, 14 de febrero de 2019

SEXO EN SAN VALENTÍN






¡Éste es el mejor San Valentín que he pasado en mi vida! 2 horas de sexo continuo no fueron suficientes, el tener su cabello pelirrojo entre mis dedos, sujetándolo con todas mis fuerzas mientras sentía su sexo hirviendo en elevadas temperaturas mientras tenía un orgasmo tras otro me hizo pensar que quizás estaba con una mujer de esas que nunca se olvidarán. Su rostro perfecto y su piel blanca, precisa para las marcas de mis uñas, esas cachetadas que recibía en sus nalgas propias de las que son elegidas para el amor y, su desesperación para hacer el amor, sus ganas de ser sometida, de que la maltrataran y la hicieran sentir hembra, más allá de las reglas que ella imponía a sus amantes, se vio derrotada ante la violencia de mis embestidas, de mi excitación a medida que gritaba ella con ansiedad sintiendo placer mientras la cambiaba de postura y veía en sus ojos la necesidad de que el amor no se acabara nunca, que todo se resumiera en el San Valentín que compartíamos, porque por ratos se sentía muy relajada, libre de cualquier tensión o estrés, llegando a un estado de Nirvana del cual no quería ya salir jamás. Había oído hablar de mí y sumisa, postrada sobre la cama, me dijo: soy tuya, haz de mí lo que quieras, no me tengas piedad, cosa que supe aprovechar mientras ella me ponía el preservativo y con mucha ansiedad se iba tras mi miembro viril muy grueso y en un tamaño muy mayor, para metérselo a su boca, para que esos labios perfectos, me hicieran entender que es muy difícil quedarse con una sola muchacha, que cuando se llega a la edad de la libertad, sabes que muchachas como ella, siempre estarán allí para ser amadas.
Su voz temblorosa me hizo entender en fracción de segundos que estaba a mi merced, que ella se moría por hacerme el amor, que necesitaba de un macho dominante que le hiciera sentir lo que desde hacía años no sentía. Que si era una experta haciendo el amor, pues lo era, mientras entre mis manos retenía sus senos a los cuales ella permitía apretarlos con fuerza, para luego acaparar todo su cuerpo con mis dedos, mis uñas, el morderle su espalda con todas mis fuerzas, para hacerle entender que hay razones superiores que deben ser meditadas cuando la soledad aparece, cuando los intentos de acabar con todo no han conocido lo que propone el amor de los que somos capaces de hacer olvidarlo todo y entusiasmar en el seguir adelante, cuando se ha conocido la felicidad y de ésta ya no se quiere apartar nadie.
Porque llegado el momento, ella empezó a gemir con todas sus fuerzas, agradándome con ello, al sentirme literalmente estar haciendo el amor con una loba, ese tipo de mujeres que cuando sienten, no se limitan a quedarse calladas y quieren que toda la ciudad sepa que las están poseyendo, que en ritmos veloces de penetración, al pedirme que la maltrate más, parecía el amor algo más que un exorcismo, algo más que dos manos apretando todo su cuerpo, la locura de escuchar con mi voz gruesa: te amo, te deseo, eres mía, estoy dentro de ti, estoy llegando donde ningún otro hombre ha llegado y no quiero dejar de hacerte el amor, quiero quedarme aquí a tu lado hasta morir, si acaso esto es alcanzar la gloria, algo que pocos hombres han llegado a conocer.
Porque cuando nos aseguramos bien que el preservativo estaba seguro, decidimos alcanzar el orgasmo simultáneamente, entrando en un trance donde nos olvidamos que estábamos en una habitación que daba a una calle muy transitada que de pronto se detuvo cuando empezaron a sentir nuestro clímax que se convirtió en un grito ensordecedor, si es que así empezaba el buen San Valentín desde bien temprano, con la certeza que el amor era un canto victorioso, un lecho donde los amantes que recién se conocían les importaba nada que estuviéramos a pocos metros de la Plaza Principal de la ciudad, donde las personas anonadadas se preguntaban: ¿es así de intenso el placer?
Nunca tuve un orgasmo tan prolongado y duradero, tan vigoroso y furioso, tan lleno de vitalidad ante una mujer que derrotada, se entregaba a su feminidad mientras  hacía lo propio, sintiéndose libre para liberar a vivos gemidos que era amada, poseída, como a ella le hubiera gustado siempre ser tomada, si es que así empezó San Valentín en esta ciudad de algo más de un millón y medio de habitantes, donde el amor reina, domina y es de todos.

Julio Mauricio Pacheco Polanco
Escritor
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Julio Mauricio Pacheco Polanco

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