domingo, 17 de febrero de 2019

UN HOMBRE SOLTERO PARTE II





 ¿Un final sin dramas? Algo diferente. Calma, ya he pasado por esto antes, me puedes llamar cuando te sientas sola o me necesites. ¿Me hablas de sentir tu ausencia? No sé, olvídalo, solo tengo mucho sueño, solo quise decir algo elegante antes de que ambos seamos solo olvido. Pues no es necesario, al menos déjate odiar para no sentirme tan mal como me siento ahora. No hay más nada para decirnos. ¿Me puedo llevar este blíster de Clonazepam? Claro, dejé de tomarlo desde que empezamos nuestra relación, pero no creo que te srivan, ya deben estar caducados. Ella se acercó con un gesto amable y tierno colocando sus codos y brazos acomodados sobre mis piernas para decirme: creo que no nos arrepentiremos de nada, ¿la pasamos bien, no? Recordé esos ojos de cuando la viera por primera vez, era un Mall donde la gente iba y venía y por esas razones que tienen mucha relación con la atracción y los errores de prolongar lo que solo debió durar un par de días, 4 años después, volví a encontrar esa misma mirada, pero sin deseos de poseerla, era una mirada de dos conocidos que se volvían a ver por vez primera mas sin deseos sexuales. Había mucho amor en su mirada, sus ojos estaban más claros que de costumbre, le sonreí mientras con una mano le tocaba el mentón: tranquila, estaré bien, entonces ella tuvo un impulso repentino, quiso acercar sus labios a los míos, yo permanecía impasible, sin emoción alguna, ella percató eso, detuvo inmediatamente el impulso, desordenó mi cabello con ternura, se levantó y tomó sus cosas, una maleta donde solo llevaba lo necesario para el futuro. Por eso te he amado, porque sé que a ti es imposible hacerte daño. Salió por la puerta mientras me quedaba en ese pequeño apartamento que en ese momento me pareció inmenso, asfixiante además, muy conocido, muy propio, recorriéndolo para siempre, es decir, para cerciorarme que los que lo iban a alquilar le darían otros acabados, otro color a las paredes, otros diseños para las habitaciones, el baño, la cocina, la terraza, la lavandería, otros muebles y otras almas que impregnarían con su energía el lugar donde se fue feliz, fui feliz y del cual nada habría motivo para volver. Hecho el último reconocimiento percaté que 4 años no fueron nada, que el tiempo se había pasado muy rápido al detenerme frete al espejo de siempre donde solíamos cepillarnos los dientes o vernos cuando teníamos sexo. Esas arrugas en el rostro, ese otro rostro donde ya no era el mismo de antes. Me acerqué solo para cerciorar la blancura de mis dientes. Abrí el grifo, me lavé las manos, usé la toalla de manos y sin recoger nada hice lo mismo, me acerqué a la puerta dejando las llaves adentro. Cerré la puerta mientras observaba mi celular, sabía que le daría otro uso a partir de ese momento: llamar a nuevas muchachas o, tal vez también viajar, sin llevar nada también, para el futuro.

Continuará...

Julio Mauricio Pacheco Polanco
Escritor
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Julio Mauricio Pacheco Polanco

 

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