miércoles, 20 de febrero de 2019

UN HOMBRE SOLTERO PARTE XIII






Al salir de mi apartamento y llegar al Mall no soporté ver tanta muchacha joven y bella, lo primero en hacer fue pedir una cita, me comentaron sobre una muchacha de 1,80 cm, inmensa y anhelosa de ser amada, ello me motivó más y me hizo entender otra vez los propósitos para con la vida, siendo así en mi paso apresurado el no poder controlar mis erecciones mientras contemplaba a los demás varones por las calles diciéndome a mí mismo: ese tipo sonríe, es alguien con mucha vida sexual, ese hombre está amargado, carece de una buena amante, ese hombre está triste, es impotente, pero rápidamente mis ojos se desviaban discretamente hacia las muchachas bellas del camino llevado con rapidez y ansias. Una mujer inmensa me espera para olvidarme de todo lo pasado, si acaso me gustan las mujeres de caderas muy anchas, con senos de adolescente, de 18 años como se me adelantara y libre de venéreas , alguien entregada a los placeres de la carne, sin prejuicios, quien seguramente estudiaba en una universidad y su apetito era desmedido, superior al de esas ninfómanas incapaces de alcanzar orgasmos, porque las muchachas a las cuales les hago el amor llevaban una característica: son multiorgásmicas, cosa rara en una ciudad donde el sexo está al alcance de todos mas no sus orgasmos. Sin darme cuenta me había rodeado de las muchachas más ardientes, aquellas anhelantes de amantes infatigables y nada temerosos ante la desnudez de ellas, de su sexo abierto pidiendo solo amor.
Al llegar corroboré lo prometido, era una pelirroja quien rápidamente se desnudó en la habitación para esperar recibir mis órdenes. Ello me erectó de inmediato. Sus caderas eran algo muy hermoso cuando la puse de costado para acariciarlas, tocarlas en plena penetración, ordenándole pegar su espalda a mi pecho mientras mis manos dominaban todo su vientre, apretaban sus senos duros, intentando retener en mi tiempo sus muslos perfectos y el deseo de una penetración mía duradera, un amor inacabable. Y entonces nos dimos cuenta de nuestro amor en silencio, de la vida buscada por todos, del Paraíso perdido desde todos los caminos erráticos donde la ausencia del no saber para qué se vive nos trasladaba a otra dimensión, dulce, discursos fallidos de pensadores desde el misterio hasta el miedo. ¿Esto es la vida?, me repetía mentalmente mientras se hacía el amor en silencio. Su vagina era perfecta, estrecha a voluntad y a mis necesidades. Estuvimos en esa postura por una hora mientras entraba y salía de ella a mis regaladas anchas. Me encantaba sentirla muy grande, de saber de la diferencia de décadas entre ella y yo, si acaso le preguntaba sobre si era acosada en plena calle por ser tan linda, por tener un derrier tan grande y hermoso como ella misma, si dentro de sus fantasías era ser seducida por infinidad de hombres todo el tiempo, si ya le habían maltratado ese cuerpo tan inmenso muchas veces, pero su voz era tímida, llena de encanto y ternura, me decía no, no lo hacen, pero me gustaría mucho. Y no le hayas extrañeza el hecho de hacer el amor con un hombre con casi 3 décadas más de edad, no, no le hallo extrañeza, me gusta hacer el amor con hombres maduros y con experiencia, me gustan los hombres seguros de sí mismos y deseosos de penetrarme. El olor de su sexo era algo retratable para los escritores como yo. Era el tiempo detenido, la búsqueda de la verdad, los momentos verdaderos. ¿Sabes de mis escritos? Sí, los sé, por eso te entrego lo mejor de mí, esos poemas dedicados por tontos enamorados nunca me han hecho justicia, solo quiero leer algo bonito sobre mí y ser como la musa que cruza el tiempo y nunca muere.
Mis brazos y mis piernas enredadas entre las suyas fueron propios de las muchachas inolvidables. Así es mi evasión, la manera que tengo para no pensar en las miserias de un mundo donde el amor es algo raro, algo difícil de hallar y diluyente entre los dedos, porque alguna vez quise ser fiel con la fe propia de los primeros en amar, pero eso fue hace mucho tiempo. ¿Los errores al momento de entregar el corazón?, ¿la vanidad de las muchachas que no saben valorar los sentimientos sinceros? Ya no hubo tiempo para meditar sobre ello, solo para concentrarse y ser feliz en el orgasmo a alcanzar, con ella.

Julio Mauricio Pacheco Polanco
Escritor
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Julio Mauricio Pacheco Polanco

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