Al llegar a mi apartamento tuve
que asearme para no tener el olor al sexo, a los orgasmos de la muchacha inmensa,
en mi cuerpo, pero percaté lo de siempre, el olor de ellas siempre estaría
impregnado en mi piel y, eso era algo para mí muy delicioso, lo cual me instó a
llamar a otra de mis mujeres, una pelirroja poseedora de una anatomía
excepcional, una mujer precisa para hacer el amor, porque el recuerdo de su
derrier era algo difícil de sacar de mis pensamientos. Me encantaba hacerla
sentir y venirse una y otra vez, en sus
orgasmos, cuando la hacía mía. Había aceptado darle el privilegio de tener la
dirección de mi apartamento. Esa cintura de ella me enloquecía, porque
terminaba en un escultural trasero al cual ella me permitía hacerle de todo. Le
encantaba mi maltrato y se sentía complacida cada vez que la tenía en mi lecho.
Sus senos eran toda una oda hecha para los amantes más exigentes, esos
insaciables hechos para el amor, para apaciguar los furores del sexo de las
guerreras del amor. Me resultaba grato caminar desnudo por mi apartamento, con
el miembro viril erecto, necesitado de vaginas enfermas de lujuria. Ella era
una de esas mujeres a las cuales 50 orgasmos no le eran suficientes, solo yo
podía dejarla calmada, satisfecha, relajada en medio de maremotos de
sensaciones donde alguien tenía el deber de recordarle cómo es el placer con un
semental.
¿Quiénes son los maldicientes de
la vida?, esos hombres apesadumbrados y mortificados por no saber de lo mejor
de la vida, ¡ah!, ¿no era menester escribir sobre los placeres de la vida con
el entusiasmo propio de los primerizos? Porque dentro de mi repertorio de
mujeres, tenía un amplio abanico de opciones para ser feliz. Su trasero era eso
justamente, una erección perenne donde ella solo pedía un macho latino, un
hombre lo suficientemente resistente y aguantador en la cama, capaz de hacerla
sentir hembra, puta, mujer, promiscua sin culpa alguna, delicias de Dios ante
días tensos, llenos de estrés, ofuscaciones donde las interrogantes eran sobre
el por qué vivimos, para qué vivimos.
Mientras tanto seguía recibiendo
propuestas de relaciones estables desde diferentes partes del mundo como si yo
estuviera en oferta, como si fuera un referente de los cultos a la carne, lo
normal en los amantes latinos, en medio de una
sociedad donde los hombres no saben si son hombres y las mujeres, en sus
momentos de locura, cuando sienten la derrota del tiempo y el desazón del dolor
de la existencia, apenas dentro de sus ensoñaciones, estaba la posibilidad de
cruzar el mundo, todos los horizontes y soles por haber, solo para ser mías.
No puedo pedir más. Así es la vida
sexual de los rebeldes, los opuestos a un sistema y antisistema donde pocas
personas son felices.
Porque al tenerla ya en mi
apartamento y sentir el olor de su sexo húmedo, supe inmediatamente de su
cuerpo dispuesto a todos mis antojos, ese instinto animal batallando con los
preservativos y los orgasmos de ellas, si acaso ya era algo escandaloso caminar
por las calles con el miembro viril erecto sin vergüenza alguna para mí
Ella solo quería eso, sin
importarle no ser la única, quería recordar por dónde queda la vida, ser solo
mía, sentir dentro de ella mi poder, mi furia, mi frenesí y vehemencia, mi
inmisericordia en la cama, el sueño perdido de muchos días donde seguramente
extrañó la rudeza de mis manos golpeándole todo el cuerpo, mis dedos recorriendo esa
intimidad entregada solo a aquellos entendedores de sus apetitos más feroces,
más crueles y furiosos que terminaban en orgasmos continuos, orgasmos donde
todo volvía a tener sentido
Era golosa, golosa de extremo a
extremo. ¿Por qué entonces debía ser egoísta y solo complacerme a mí?, ¿no son
los verdaderos amantes aquellos que dejan a sus mujeres sentir todos los clímax
deseados hasta la llegada del mío?
No quiso irse, nunca en realidad
quiso irse, quería quedarse para hacer el amor toda la noche conmigo. No podía decirle
no a esa petición, porque era algo que yo también quería.
Por supuesto que no hubo tiempo
para dormir, solo, para hacer el amor, hasta el día siguiente, como fue así porque ella era como un rock fuerte.
Julio Mauricio Pacheco Polanco
Escritor
Todos los Derechos Reservados
para
Julio Mauricio Pacheco Polanco

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