¿Cómo puede ser que nunca te
enamores?, te damos todo lo que entrega una mujer, dejamos nuestro cuerpo y
alma contigo, pero para ti eso no parece ser suficiente, siempre deseas más con
una y otra mujer, ¿no hay límite alguno para con todas las mujeres para ti? Habíamos
hecho el amor hasta el amanecer y ella estaba atrapada en un estado de laxitud del
cual parecía no querer salir ya nunca más. Yo calaba mi tabaco mentolado
mientras contemplaba su cuerpo perfecto, mientras repasaba mentalmente todo lo que
había hecho con ella, el cómo siendo una mujer ingobernable, una mujer de
características dominadoras y con el poder de volver impotentes a los hombres
por sus demandas, provocaba en mí otra erección, ¿si era sumamente feliz con
toda ella habiendo sido mía a mi regalada gana?, pues puedo afirmarlo, pero
ella no era la única mujer ya no en la ciudad, sino, en todo el mundo y, sabía bien de nuevos días para el
sexo con nuevas mujeres por conocer. Me levanté de la cama y sentí nostalgia
por la noche compartida, ella había tenido muchos orgasmos, yo no y, eso
significaba para mí un adiós, ese sexo inútil donde el explosionar de mis
sentidos me pedían carne nueva, fresca, mujeres dispuestas a todo, si a eso
llamamos placer, amor, sexo, dicha, gozo, o todo lo relacionado con la
filosofía de los invencibles. Sé tus pensamientos, Mauricio, nadie es
invencible, nadie, o al menos, eso he pensado hasta antes de conocerte, ¿te
parezco poca mujer como para no quedarte conmigo para siempre? Pero no
escuchaba sus palabras, estaba sentado frente a mi ordenador otra vez
escribiendo, escribía sobre las horas intensas entre ella y yo. Eres inmortal,
¿eh?, en este momento deben estar comentando sobre tus capacidades y
habilidades para con el amor en medio mundo, ¿eso te complace, te complace
saber que el mundo entero sabe de lo femenina que eres? Porque al voltear al
verla y sentir su vivo olor a sexo, ella se venía en orgasmos tras orgasmos,
los tenía tan solo con verme erecto, sentado frente a mi escritorio,
escribiendo precisamente sobre ella. ¡Eres un maldito!, expresó con rabia,
cólera, ira y llanto. Sabía de mi necesidad de otras mujeres. ¡No tienes
corazón! Y hecho a llorar mientras seguía teniendo más orgasmos mientras se
aferraba a mis sábanas con esas mismas uñas con las cuales había dejado marcas
en mi espalda. De verdad mis dientes la habían mordido en todas partes, ese
derrier estaba marcado por esos colmillos propios de lobo hambriento sin
piedad, su espalda era un laberinto de uñas que dejaron marcas rojas y sus
hombros, apenas un recuerdo de los golpes fuertes pedidos por ella solo para
sentirse viva, para volver a creer en su existencia. ¿No te importa la soledad
y la falta de sentimiento?, ¿qué debe hacer una mujer para retenerte?, siempre
me preguntas y te cercioras por ti mismo sobre el preservativo hasta tener el
detalle de detenerte en los momentos más intensos de tu placer, solo para
verificar si lo tienes puesto, ¿puede alguien tener la sangre tan fría cuando
está tan excitado? ¿Deseas comer algo? ¿Cómo?, te hablo de cosas importantes y
solo atinas a decirme si tengo hambre. Es que tengo apetito, porqué mejor no
nos preparamos algo para comer. Yo bebía de mi jarra con zumo de melón, mi sed
solo podías ser calmada con un zumo muy helado acompañado de unos buenos platos
de comida para ser devorados como lo hice con ella. ¿Devorador de mujeres?,
¿eres un devorador de mujeres?, ¿eso eres, Mauricio? Me levanté de mi asiento,
la abofetee con una furia propia del placer, muy diferente a la de las
camorras. Ella terminó con el cabello enredado en el piso volteando apenas a
verme con sus ojos donde se podía ver claro que estaba enamorada. Lo acepto
todo, Mauricio, pero no me dejes, ten todas las mujeres que desees pero no me
apartes de tu vida, te suplico ello, total, eres el único hombre que he
conocido capaz de hacerle el amor a cuantas muchachas desee sin cansarse nunca,
sin darle un alto a su lujuria, ¡dame solo las noches!, dámelas por favor,
consiento que hagas en el día el amor con todas las muchachas que quieras, pero
no me apartes de tu vida por favor.
Tendrás que ser más sumisa y
esclava. Lo acepto, Mauricio, lo acepto. Habíamos cruzado la línea del placer y
yo estaba una vez más excitado. En ese momento pensé en cosas muy bizarras y,
ella estaba dispuesta a hacerlas conmigo, sin ninguna condición.
Julio Mauricio Pacheco Polanco
Escritor
Todos los Derechos Reservados
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Julio Mauricio Pacheco Polanco

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