miércoles, 20 de febrero de 2019

UN HOMBRE SOLTERO PARTE XV






¿Cómo puede ser que nunca te enamores?, te damos todo lo que entrega una mujer, dejamos nuestro cuerpo y alma contigo, pero para ti eso no parece ser suficiente, siempre deseas más con una y otra mujer, ¿no hay límite alguno para con todas las mujeres para ti? Habíamos hecho el amor hasta el amanecer y ella estaba atrapada en un estado de laxitud del cual parecía no querer salir ya nunca más. Yo calaba mi tabaco mentolado mientras contemplaba su cuerpo perfecto, mientras repasaba mentalmente todo lo que había hecho con ella, el cómo siendo una mujer ingobernable, una mujer de características dominadoras y con el poder de volver impotentes a los hombres por sus demandas, provocaba en mí otra erección, ¿si era sumamente feliz con toda ella habiendo sido mía a mi regalada gana?, pues puedo afirmarlo, pero ella no era la única mujer ya no en la ciudad, sino, en todo el  mundo y, sabía bien de nuevos días para el sexo con nuevas mujeres por conocer. Me levanté de la cama y sentí nostalgia por la noche compartida, ella había tenido muchos orgasmos, yo no y, eso significaba para mí un adiós, ese sexo inútil donde el explosionar de mis sentidos me pedían carne nueva, fresca, mujeres dispuestas a todo, si a eso llamamos placer, amor, sexo, dicha, gozo, o todo lo relacionado con la filosofía de los invencibles. Sé tus pensamientos, Mauricio, nadie es invencible, nadie, o al menos, eso he pensado hasta antes de conocerte, ¿te parezco poca mujer como para no quedarte conmigo para siempre? Pero no escuchaba sus palabras, estaba sentado frente a mi ordenador otra vez escribiendo, escribía sobre las horas intensas entre ella y yo. Eres inmortal, ¿eh?, en este momento deben estar comentando sobre tus capacidades y habilidades para con el amor en medio mundo, ¿eso te complace, te complace saber que el mundo entero sabe de lo femenina que eres? Porque al voltear al verla y sentir su vivo olor a sexo, ella se venía en orgasmos tras orgasmos, los tenía tan solo con verme erecto, sentado frente a mi escritorio, escribiendo precisamente sobre ella. ¡Eres un maldito!, expresó con rabia, cólera, ira y llanto. Sabía de mi necesidad de otras mujeres. ¡No tienes corazón! Y hecho a llorar mientras seguía teniendo más orgasmos mientras se aferraba a mis sábanas con esas mismas uñas con las cuales había dejado marcas en mi espalda. De verdad mis dientes la habían mordido en todas partes, ese derrier estaba marcado por esos colmillos propios de lobo hambriento sin piedad, su espalda era un laberinto de uñas que dejaron marcas rojas y sus hombros, apenas un recuerdo de los golpes fuertes pedidos por ella solo para sentirse viva, para volver a creer en su existencia. ¿No te importa la soledad y la falta de sentimiento?, ¿qué debe hacer una mujer para retenerte?, siempre me preguntas y te cercioras por ti mismo sobre el preservativo hasta tener el detalle de detenerte en los momentos más intensos de tu placer, solo para verificar si lo tienes puesto, ¿puede alguien tener la sangre tan fría cuando está tan excitado? ¿Deseas comer algo? ¿Cómo?, te hablo de cosas importantes y solo atinas a decirme si tengo hambre. Es que tengo apetito, porqué mejor no nos preparamos algo para comer. Yo bebía de mi jarra con zumo de melón, mi sed solo podías ser calmada con un zumo muy helado acompañado de unos buenos platos de comida para ser devorados como lo hice con ella. ¿Devorador de mujeres?, ¿eres un devorador de mujeres?, ¿eso eres, Mauricio? Me levanté de mi asiento, la abofetee con una furia propia del placer, muy diferente a la de las camorras. Ella terminó con el cabello enredado en el piso volteando apenas a verme con sus ojos donde se podía ver claro que estaba enamorada. Lo acepto todo, Mauricio, pero no me dejes, ten todas las mujeres que desees pero no me apartes de tu vida, te suplico ello, total, eres el único hombre que he conocido capaz de hacerle el amor a cuantas muchachas desee sin cansarse nunca, sin darle un alto a su lujuria, ¡dame solo las noches!, dámelas por favor, consiento que hagas en el día el amor con todas las muchachas que quieras, pero no me apartes de tu vida por favor.
Tendrás que ser más sumisa y esclava. Lo acepto, Mauricio, lo acepto. Habíamos cruzado la línea del placer y yo estaba una vez más excitado. En ese momento pensé en cosas muy bizarras y, ella estaba dispuesta a hacerlas conmigo, sin ninguna condición.

Julio Mauricio Pacheco Polanco
Escritor
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Julio Mauricio Pacheco Polanco

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