Al despertar, reparé en el sueño
tenido, me dieron ganas de prepararme algo de comida, puse entonces ya en la
cocina una olla con medio dedo de aceite a calentar con 3 dientes de ajo pelados y machacados y, varios
pequeños trozos pelados de kion o jengibre por unos minutos, hasta que
estuvieran dorados, luego eché dos litros de agua hirviendo y una porción
proporcional de arroz. Aparte puse a la sartén medio kilo de mixtura de
mariscos: camarones, barquillos, pulpo, tolina, lapa, calamar, para darles un
hervor una vez ya cocido el arroz, es decir, bien graneado, al cual junté con
los mariscos y sillau al gusto para darle más sabor y color; nada más. Me serví
a la mesa con una jarra de chica morada de mazorca negra preparada del día anterior,
con medio limón y azúcar a mi gusto. No tenía ánimos de conversar con nadie,
tenía más bien un apetito voraz. Mientras me servía mi arroz de mariscos, pensé
en el aseo del apartamento desordenado y con olor a sexo. Lo limpiaría después
de darme un duchazo con agua fría, la temperatura de mi cuerpo era muy elevada
por el sexo continuo de los días anteriores. Ahora solo debía ordenar los
ambientes de mi apartamento y sentarme a escribir, no lo había hecho sin saber
precisar cuántos días. Alcancé a ver los libros en el estante y pensé en la
flojera de leer a autores sin aporte de enseñanza a mi saber, ya en mis años de
mi primera juventud había buscado sabiduría en ellos, ahora prefería hacerlo
entre las piernas de las muchachas. Las noticias hablaban sobre la legalización
del aceite de marihuana: ¡un desastre para las juventudes que estaban ya muy
perdidas!, porque no solo recordaba mis
años universitarios donde vi a muchos volverse gays por probarla o, estar ahora
internados en psiquiátricos por padecer demencias o esquizofrenias
irreparables. Tenía ese vivo recuerdo de las evasiones de jóvenes que “lanzaban”
más de 20 veces al día siendo un dolor de cabeza para sus padres, jóvenes
enervados y sin voluntad para salir del flagelo de esa droga. Mis recuerdos se
remontaban hasta la universidad donde muchos hacían uso de éstas para
aprovecharse de las muchachas, pues al darles, éstas quedaban excitadas y sin
fuerza alguna para poder defenderse al ser usadas sexualmente. Otro recuerdo me
transportaba al diálogo con un viejo amigo quien me confesaba su necesidad por
consumir otro tipo de drogas, porque la marihuana ya no le provocaba ningún
efecto y, me hablaba sobre su decisión de consumir cocaína. Esto mismo me hizo
recordar a otra amiga quien preocupada, tenía mucho miedo, porque uno de sus
mejores amigos había sido diagnosticado con cáncer al pulmón por el abuso excesivo
de la marihuana. ¡Vaya manera de echarse a perder!, pero más nada podía hacer,
nadie les podía obligar a no consumirla, en todo caso, era cuestión solo de alejarse
de personas malvivientes que con el tiempo, después de su adicción
irrecuperable, estarían dispuestas a hacer cualquier cosa por un poco de
marihuana, como lo viera hace muchos años, cuando dos muy bellas muchachas en
mi delante, sentado en las gradas de la Catedral, se le acercaran a un microcomercializador y éste les pidiera sexo
a cambio, accediendo ellas sin ningún reparo; algo más atroz fue el ver a un
hombre en medio de una de las calles nocturnas y céntricas de la ciudad, hacer
un sexo oral a un bisexual, por un poco de esta droga, o por su desesperación
ante una ansiedad propia de una descompensación, de un organismo ya necesitado
de “lanzar” cuantas veces fuera necesario. Y no es que quiera ser al aguafiestas,
porque cuando visité a Narcóticos Anónimos, para encontrar una manera de dejar
mi consumo de tabacos, encontré muchachas muy bellas como hombres de clase
alta, confesándome que hasta ahora no olvidaban a quien les iniciara en su
adicción, cosa imperdonable para ellos, porque lo suyo era un infierno que les
hizo tocar fondo, tomando consciencia recién en el daño que se habían hecho y
al cual enfrentaban segundo a segundo sin tener alivio ya nunca más.
Preferí terminar de comer mi
arroz de mariscos y empezar a asear mi apartamento, pasando Pinesol por el
cerámico aporcelanado del piso para dejarlo brillante y libre de bacterias, lo mismo
hice con las mayólicas y el lavamanos como el wáter y la ducha, para luego
pasar por la cocina y dejar todo bien limpio. Terminada la limpieza, rocié
aromatizadores diferentes para la cocina y el baño como para los demás ambientes
y mi dormitorio. Hecho esto, volví a darme otra ducha con agua esta vez
caliente y, descansado, con los pies descalzos y una trusa, me recosté sobre mi
cama mientras puse en el estéreo algo de música para sentir el relajo, el
placer de tener una temperatura agradable en mi cuerpo, mientras calaba un
tabaco mentolado luego de haberme cepillado bien mis dientes, para dejarme
llevar por mis pensamientos, al momento de pensar en eso: qué es el amor, el
sexo como evasión y, los días de mierda de las demás personas.
Julio Mauricio Pacheco Polanco
Escritor
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Julio Mauricio pacheco Polanco

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