Lo tuvimos claro desde siempre,
el no tener hijos y disfrutar del placer cuantas veces fuera necesario, como
cuando por accidente y el apuro de la pasión, el preservativo se saliera en el
frenesí del orgasmo múltiple y al eyacular ambos, nos percatáramos del
accidente mutuo, ante lo cual ella me pidió una lavatorio con agua para hacerse
el lavado vaginal mientras se reía diciéndome cómo se le chorreaba el esperma
entre sus piernas. Hacía mucho tiempo el de no vernos, fue una relación de más
de un año, duró bastante la pasión con ella, compartida con infinidad de
muchachas con las cuales a la par hacía el amor, mas ella siempre volvía por
las noches, para repetir el amor, para volver a sentirnos y saber de mí.
¿Tantos años habían pasado? Estaba muy excitado y emocionado. Tenía ganas de
maltratarla mientras veía la hora en el celular y, entonces, me timbró, era
ella, estaba en la puerta de mi apartamento. Ambos sonreímos de manera
triunfal. Era el amor otra vez mientras la hacía pasar y golpeaba con furia su
derrier siempre debajo de pantalones finos, ceñidos y propios de las mujeres
que sí tienen un cuerpo lindo para lucirlo: percaté más allá del olor a su sexo,
su vagina ardiendo al tocarla sobre el pantalón, seguía siendo la misma de
siempre, es decir, una mujer que disfrutaba del sexo sin ningún límite. Fue entonces
empujada contra la cama mientras ella reía de alegría y se ruborizaba. ¿Ha pasado
mucho tiempo, no? ¡Cálmate, Mauricio, me das miedo, siento que me quieres comer
viva! Porque al quitarme la trusa, ella contempló el miembro viril de los
machos dominantes y su mirada no dejaba para ningún instante apartarse de él. Sigues
siendo el de siempre, tú no te agotas nunca, Mauricio. Inmediatamente empezó a
desvestirse para echarse en la cama mientras desataba toda mi furia al momento
de hacerla mía. Tenía la virtud de calentar su cabeza en segundos, ella era una
mujer que disfrutaba con mis maldades y siempre pedía más y, cuando dejábamos
el placer por momentos para darnos pausas, se acomodaba a las poses de sus
clímax para hablar como las verdaderas amantes: “¡ahí, ahí, ahí…” y, era
entonces el movimiento de mis caderas una furiosa máquina de revoluciones donde
se lloraba, mojándose y mojándome en totalidad para darle la leche antes de
cerciorarnos del preservativo bien puesto. “Dame leche, lléname, vente dentro
de mí, soy tuya, te amo, haz de mí lo que quieras, vente dentro de mí ya”, eran
entre otros de sus pedidos, los gemidos propios del amor para estimular mis
penetraciones. Luego de más de 2 horas de sexo continuo, empezamos a reírnos
mientras nos estirábamos a nuestras anchas sobre la cama, limpiándose ella los
restos del amor con unos kleenex para
luego también laxada descansar mientras le alcanzaba unos mates de boldo con
cubos de hielo preparados para la sed del amor a los cuales ella saciaba con el
otro placer de los sentidos, el del paladar. ¿Qué me has cocinado esta vez, Mauricio,
pues huele muy bien?, ¿serán las pastas de siempre a mi gusto? Yo calaba mi
tabaco mientras le daba libertad para hacer uso del servicio y tener dominio
sobre mi apartamento. Entonces preparó la ducha para ambos antes de
alimentarnos como dos hambrientos. Ya duchados, nos sentamos a la mesa para
dialogar como dos viejos compañeros de rutas sin necesidad de increparme nada:
¡maldito, me hacías el amor a mí y a todas las muchachas que se te daban la
gana!, decía, mientras se reía, festejando mi lujuria. Pero igual, duraste un
año y un mes conmigo. ¿Y qué fue de la muchacha con la que te perdiste 4 años? Me
reí también y, sin mucho reparo le comenté que era de las nuestras, si acaso
ahora debía ser feliz con otros amantes, al igual que nosotros. Siempre supiste
elegir tus amantes, Mauricio, ¿no hay dramas para ti, no? Ni para ti cariño. Mauricio,
sabemos de qué trata la vida y, como dice la canción: “las cosas buenas no se
van… es uno el que se va”. Mordí sus labios con sabor a tallarines, hicimos lo
propio, compartimos el bolo alimenticio y nos llenamos de tallarines nuestros
paladares. No has escrito nada últimamente. No hay tiempo entre hacer el amor y
el amor, para escribir, cariño. Te vamos a castigar, nos hemos puesto de
acuerdo todas. Te haremos escribir para que medites más sobre el amor. ¿Qué? Lo
has oído bien, Mauricio, la soledad en ti es creativa, prolífica y deleitosa
para tus amantes como lectoras, sabemos tu resistencia ante los apuros por
penetrar. Entonces se limpió los labios con la servilleta, levantó el servicio
para limpiarlo, se cepilló los dientes con mi cepillo y antes de marcharse
habló: “queremos que inventes el amor”.
¿Cuánto tiempo sería escribir sin
hacer el amor?, ¿podría soportar mi mal humor producto por la carencia de sexo
sin ellas?, ¿qué haría con la soledad y el silencio?, ¿no era eso la locura sin
control? Tenía una vez más de mi lado la Literatura y, el retorno al
Clonazepam.
Julio Mauricio Pacheco Polanco
Escritor
Todos los Derechos Reservados
para
Julio Mauricio Pacheco Polanco

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