domingo, 24 de febrero de 2019

UN HOMBRE SOLTERO PARTE XXI






Lo tuvimos claro desde siempre, el no tener hijos y disfrutar del placer cuantas veces fuera necesario, como cuando por accidente y el apuro de la pasión, el preservativo se saliera en el frenesí del orgasmo múltiple y al eyacular ambos, nos percatáramos del accidente mutuo, ante lo cual ella me pidió una lavatorio con agua para hacerse el lavado vaginal mientras se reía diciéndome cómo se le chorreaba el esperma entre sus piernas. Hacía mucho tiempo el de no vernos, fue una relación de más de un año, duró bastante la pasión con ella, compartida con infinidad de muchachas con las cuales a la par hacía el amor, mas ella siempre volvía por las noches, para repetir el amor, para volver a sentirnos y saber de mí. ¿Tantos años habían pasado? Estaba muy excitado y emocionado. Tenía ganas de maltratarla mientras veía la hora en el celular y, entonces, me timbró, era ella, estaba en la puerta de mi apartamento. Ambos sonreímos de manera triunfal. Era el amor otra vez mientras la hacía pasar y golpeaba con furia su derrier siempre debajo de pantalones finos, ceñidos y propios de las mujeres que sí tienen un cuerpo lindo para lucirlo: percaté más allá del olor a su sexo, su vagina ardiendo al tocarla sobre el pantalón, seguía siendo la misma de siempre, es decir, una mujer que disfrutaba del sexo sin ningún límite. Fue entonces empujada contra la cama mientras ella reía de alegría y se ruborizaba. ¿Ha pasado mucho tiempo, no? ¡Cálmate, Mauricio, me das miedo, siento que me quieres comer viva! Porque al quitarme la trusa, ella contempló el miembro viril de los machos dominantes y su mirada no dejaba para ningún instante apartarse de él. Sigues siendo el de siempre, tú no te agotas nunca, Mauricio. Inmediatamente empezó a desvestirse para echarse en la cama mientras desataba toda mi furia al momento de hacerla mía. Tenía la virtud de calentar su cabeza en segundos, ella era una mujer que disfrutaba con mis maldades y siempre pedía más y, cuando dejábamos el placer por momentos para darnos pausas, se acomodaba a las poses de sus clímax para hablar como las verdaderas amantes: “¡ahí, ahí, ahí…” y, era entonces el movimiento de mis caderas una furiosa máquina de revoluciones donde se lloraba, mojándose y mojándome en totalidad para darle la leche antes de cerciorarnos del preservativo bien puesto. “Dame leche, lléname, vente dentro de mí, soy tuya, te amo, haz de mí lo que quieras, vente dentro de mí ya”, eran entre otros de sus pedidos, los gemidos propios del amor para estimular mis penetraciones. Luego de más de 2 horas de sexo continuo, empezamos a reírnos mientras nos estirábamos a nuestras anchas sobre la cama, limpiándose ella los restos del amor con unos kleenex  para luego también laxada descansar mientras le alcanzaba unos mates de boldo con cubos de hielo preparados para la sed del amor a los cuales ella saciaba con el otro placer de los sentidos, el del paladar. ¿Qué me has cocinado esta vez, Mauricio, pues huele muy bien?, ¿serán las pastas de siempre a mi gusto? Yo calaba mi tabaco mientras le daba libertad para hacer uso del servicio y tener dominio sobre mi apartamento. Entonces preparó la ducha para ambos antes de alimentarnos como dos hambrientos. Ya duchados, nos sentamos a la mesa para dialogar como dos viejos compañeros de rutas sin necesidad de increparme nada: ¡maldito, me hacías el amor a mí y a todas las muchachas que se te daban la gana!, decía, mientras se reía, festejando mi lujuria. Pero igual, duraste un año y un mes conmigo. ¿Y qué fue de la muchacha con la que te perdiste 4 años? Me reí también y, sin mucho reparo le comenté que era de las nuestras, si acaso ahora debía ser feliz con otros amantes, al igual que nosotros. Siempre supiste elegir tus amantes, Mauricio, ¿no hay dramas para ti, no? Ni para ti cariño. Mauricio, sabemos de qué trata la vida y, como dice la canción: “las cosas buenas no se van… es uno el que se va”. Mordí sus labios con sabor a tallarines, hicimos lo propio, compartimos el bolo alimenticio y nos llenamos de tallarines nuestros paladares. No has escrito nada últimamente. No hay tiempo entre hacer el amor y el amor, para escribir, cariño. Te vamos a castigar, nos hemos puesto de acuerdo todas. Te haremos escribir para que medites más sobre el amor. ¿Qué? Lo has oído bien, Mauricio, la soledad en ti es creativa, prolífica y deleitosa para tus amantes como lectoras, sabemos tu resistencia ante los apuros por penetrar. Entonces se limpió los labios con la servilleta, levantó el servicio para limpiarlo, se cepilló los dientes con mi cepillo y antes de marcharse habló: “queremos que inventes el amor”.
¿Cuánto tiempo sería escribir sin hacer el amor?, ¿podría soportar mi mal humor producto por la carencia de sexo sin ellas?, ¿qué haría con la soledad y el silencio?, ¿no era eso la locura sin control? Tenía una vez más de mi lado la Literatura y, el retorno al Clonazepam.

Julio Mauricio Pacheco Polanco
Escritor
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Julio Mauricio Pacheco Polanco


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