Sentado en la sala de estar del
psiquiátrico no recordaba nada. Solo meditaba si se podía aún salvar al mundo o
si uno debía optar por la paz mental. Las drogas enervantes me impedían hablar,
estuve 2 semanas en estado vegetal y tardaría 3 meses en recuperar la memoria.
¿Alguna vez un Poeta estuvo tan cerca de lo que se esperó de nuestra generación
de este lado del mundo?
Semanas antes alguien proyectó un
holograma de La Estrella de David en el cielo nocturno de la ciudad de Arequipa
esperando que alguien respondiera al llamado. USA estaba declarándole la guerra
a Irak por razones vinculadas al petro-dólar y era el verano del 2003, ese año se
habló mucho de la Virgen de Fátima, de su aparición y sus profecías.
Qué podía hacer un hombre de 31
años que al ver La Estrella de David en el cielo de la ciudad sabía que no
había nada qué temer, que Dios existe y que la profecía de un fin del mundo
tenía sentido.
Empecé a trotar de 2 a 3 horas
diarias. Alguien debía hacer algo, alguien debía salvar al mundo. Esto ya no
era poesía, era el compromiso de querer un mundo mejor.
Había declarado a los medios de
comunicación que crecimos con la certeza que Jesús volvería a este mundo para
darnos 1,000 años de paz y felicidad. Al menos esos videos los pasaban
constantemente por la televisión, videos que irónicamente los volví a ver pero
esta vez relacionándoles con los anunakis y los reptilianos.
Hay una edad a partir de la cual
ya no pueden seguir mintiéndote, pero hay otra edad donde sabes que hay deberes
que van más allá de tu propia vida, porque eso declaré, que estaba en
correspondencia con Su Santidad Juan Pablo II, diciendo al periodista que me
entrevistaba en vivo para la radio que, iría con él hasta Bagdad para proclamar
la Paz Mundial sin importarme morir en el intento. Lo temerario de todo esto es que declaré que peregrinaría a pie hasta Roma y de allí hasta Bagdad.
Y peregriné por el desierto.
Y peregriné por el desierto.
¿Era Fe?, no, no era Fe porque
había visto La Estrella de David, era la certeza de que Dios existe y que sus
promesas serían cumplidas, que tendríamos 1,000 años de paz y felicidad. No sentí
miedo alguno.
Que si hay una comunidad judía
discreta en la ciudad de Arequipa, pues no lo sé, pero ahora en mis reflexiones
entiendo que fue un holograma que ellos autorizaron para que sea viera en el
cielo nocturno de la ciudad. Que si todos la vieron, creo que sí, que si pocos
tuvieron más bien temor a la ira de Dios, no lo sé tampoco.
Era el día de alta y apenas podía
reconocer a las personas, las inyecciones que me aplicaban por las noches me
dejaban una sensación de muerte siempre, porque les decía a las enfermeras: “no
me pongan esas inyecciones porque cada vez que lo hacen siento que me muero”.
Al volver a la ciudad el mundo
seguía siendo el mismo de siempre o al menos el mundo que conozco. Y así es mi
generación, la que recibió como consigna salvar al mundo. Y así es mi
testimonio.
Julio Mauricio Pacheco Polanco
Escritor
Todos los Derechos Reservados
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Julio Mauricio Pacheco Polanco

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