domingo, 9 de junio de 2019

CAPÍTULO II NOVELA: EL ÚLTIMO RITUAL






Entre estar recostado en la cama y pensar en mis ex parejas, prefiero levantarme, asear mi apartamento y luego de una ducha caliente, sentarme a escribir.
Esa mañana había llamado dos veces a la productora de Madrid, España y, luego de conversar brevemente con una amable secretaria, percaté las mismas respuestas que dan aquí en Perú cuando no quieren dar las razones que uno pide.
Considerar en ser publicado o buscar una Fundación para que me apoye como Escritor era algo dado por perdido, algo que tampoco necesito, sino fuera para ser publicado, a pesar de saber que solo tendría dos opciones: o ser famoso y solo famoso o, recibir unas regalías muy mínimas por un número sin consideración de libros vendidos donde recapacitaría en lo que siempre he dicho: este oficio de Escritor solo sirve para acompañarse cuando no se tiene con quien conversar.
Porque podría animarme a dialogar con bebedores eruditos, pero eso me hastía y me traería como consecuencia, muy buenas tertulias de las cuales no recordaría nada al día siguiente, si es que tendría que lidiar además con resacas que me parecen tontas.
Por ello era mejor quedarse en la cama y renunciar a todo, cuando se ha vivido mucho y ya no hay nada atrayente para mí.
Normalmente paso despierto de noche y duermo de día. El silencio de la noche me habla mucho entre mis olvidos y las cosas que debo recordar para no arrepentirme de mis decisiones, como la de no convivir con una muchacha o despilfarrar mi dinero en mujeres de vida alegre que cambian de expresión apenas ven mi dinero, incluyendo sus sexos excitados y el olor de éstos.
¿Que debe haber algo más?, no lo creo, llegué al final de todo sin remordimientos ni deseos que acabe este trance desde donde me aburren los libros o el cine o lo que proponga un partido de fútbol, una nueva religión o una botella de whisky. ¿Llamar a un poeta para filosofar?, no lo creo, hace tiempo desestimé las conversas con intelectuales, tienen eso que a mí me sobra en  demasía y que se llama: ego. Con el mío basta y no pretendo convencer a nadie sobre mi forma de pensar o estilo de vida.
Alguien alguna vez me dijo que al visualizarme, solo podía imaginarme como ahora, sentado frente a mi escritorio, escribiendo sin cesar, sin detenerme, como lo fuera por ejemplo cuando tuve 20 o 30 años y llenaba las páginas de bobadas. Tener mucha experiencia sexual permite, creo yo, no solo saber de la diferencia entre todas las muchachas que uno posee, además te permite saber qué son los sentimientos o la euforia después de cada sesión de sexo, lo que se siente en el momento de la cópula, sean desde orgasmos inolvidables o sesiones de sexo aburridas donde la muchacha es olvidada de inmediato.
Creo sin dudarlo que en este no necesitar de nadie, hace de mi silencio un ritual desde el que puedo afirmar: entre la soledad y las relaciones tóxicas o complicadas, prefiero la primera. Nunca me agradaron las discusiones ni tampoco las mujeres indecisas por las que debo tomar decisiones donde yo sí sé qué es lo que quiero y reciba como respuesta una contra para complacer confusiones donde no estoy dispuesto a sanar a quienes aún siguen enfermas.
Y sé que si sigo desde mi apartamento, encerrado todo este tiempo, escribiendo, como lo sigo haciendo, mis posibilidades de conocer a una mujer muy interesante e invencible, serán muy menores.
Prendo un tabaco mentolado sin que ninguna mujer me lo prohíba y, pruebo de mi Kola Real Limón mientras suena el celular. Porque esta novela trata sobre los rituales y, eso es algo sobre lo cual pocos se han atrevido a escribir.

Julio Mauricio Pacheco Polanco
Escritor
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Julio Mauricio Pacheco Polanco

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