domingo, 9 de junio de 2019

CAPÍTULO III NOVELA. EL ÚLTIMO RITUAL






A mis casi 50 años, es difícil complicarse la vida por algo, a no ser que se esté con la persona equivocada, pero ello es algo fácil de evitar. Uno simplemente se aparta de las personas conflictivas y pasa el día plácido, tranquilo, sin desesperaciones, esas desesperaciones que padecí a mis 20 años y más, cuando me era necesario conversar con alguien.
Es que de pronto me llené de mundo, lo suficiente como para no querer saber más de éste y, estar como un bohemio por los bares o calles, gritando cosas que creo, solo pude haberlas hecho cuando creí, fue oportuno, pero, ahora, entre estar en este momento, sentado en un balcón, contemplando el anochecer, con una botella de cerveza, contemplando bellas muchachas extranjeras o de la ciudad, sabiendo ahora a qué me expongo, prefiero esta cómoda soledad desde la que escribo y que los tontos llaman: zona de confort, una zona que dicho sea de paso, pocos la tienen y que cuando la llegamos a alcanzar, ya no escuchamos a nadie y simplemente apagamos el celular o cerramos bien la puerta, porque si bien, el estar o sentirse bien no tiene una fórmula precisa, no soy el único Escritor que se encerró en su apartamento para escribir y saber de los privilegios propios de los que solo pueden abocarse a hacer lo que más les gusta.
Porque sé, sin duda alguna, que en las ciudades del mundo, en algunas, las más afortunadas, hay fiesta y razones para enrumbarse en el amor, pero ¿eso es algo que va acorde a mi forma de ser? Se me hace complicado cortejar a una mujer para luego saber en qué momento hacerle el amor. Estoy acostumbrado a desnudarme y estar erecto en el momento para hacerle el amor a esas muchachas que acabo de conocer en minutos breves, después de mi elección, para tener sexo, en esos hoteles, donde la vida tiene una marcha diferente, como seguramente debe serlo para todos.
Si ha quedado claro, no me casaré, me llevo bien con mi soledad y las putas, si es que eso he afirmado hace tiempo con mi conducta y, no me importe dar un ejemplo sobre el por qué las mujeres son insoportables luego de 3 días de convivencia. ¿Que perdí mi encanto o mi paciencia?, creo más bien que gané demasiada vivencia y experiencia y eso, eso que aterroriza a muchas personas, el sentirse bien en compañía de sí mismo.
Porque el problema de la mayoría de personas es no saber qué hacer cuando están a solas y en silencio. Sé que no es fácil tener dominio sobre los pensamientos propios o, dejar pasar las horas meditando, reflexionando o filosofando, sin tener al lado alguien para saber si uno está en lo correcto o no. Mejor dicho, hace años que aprendí a vivir solo, a no necesitar de nadie y, a tener sexo en hoteles con muchachas de quienes nunca sabré ni desee saber nada. Con que estén sanas me basta. Porque el conocimiento del mar y de la fiesta o los desiertos y las montañas, todo aquello que se relacione con salvar al país o al mundo, cualquier compromiso sincero que tenga relación con un auténtico rebelde, lo he afrontado con el deber propio de los que sienten su cita con la historia, dentro de todos esos rituales que se exigen a los varones cuando se hace necesario alzar la voz y hacer un presente.
Pero la vida no debería ser así, ¿no?, es decir, trabajar y perder la salud, no tener libertad para hacer lo que le apasiona a uno o, tener solo cabeza para pensar en cómo afrontar con responsabilidades cuando uno se sabe ya totalmente tragado por la vida, sin posibilidades de tener casi 50 años y hacer lo que le guste.
No creo que esto se le pueda atribuir a la suerte ni a las perseverancias. Solo sé escribir y de ello hace décadas las mujeres de esta ciudad se dieron cuenta. Ésa deba ser la razón del por qué siga escribiendo sin que nadie me moleste.
Pero, eso no les pasa a los demás escritores, ¿no?, si de por sí empezamos por preguntarnos si son sanos o al momento de dedicarse a su oficio, sus intenciones sean buenas, alentadoras a propósitos de vida desde los que valga la pena dedicarse a lo que queremos.
No estoy diciendo que todos deban ser como yo, esto es solo un testimonio. Hace mucho tiempo dejé de hacer literatura de no ficción y, hace tiempo me enteré que así como yo, en el mundo hay, millones de personas que no pueden con su soledad, si es que en este momento están medicándose para encarar sus vergüenzas, miedos o pesadillas, dentro de locuras inéditas, en diferentes partes del mundo, cuando se trata de secretos inconfesables, perversiones muy abyectas o soledades donde no se quiere saber de nadie.

Julio Mauricio Pacheco Polanco
Escritor
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Julio Mauricio Pacheco Polanco


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