lunes, 10 de junio de 2019

CAPÍTULO VIII NOVELA: EL ÚLTIMO RITUAL






Alguna vez me preguntaron por qué opté por las relaciones abiertas o, por qué digo siempre que ninguna mujer me pertenece ni yo pertenezco a ninguna, que esa no es la fórmula ideal para el amor. La verdad es que tienen razón, el amor no debe ser así, es decir, el amor debe ser de dos personas, nada más, pero en mi experiencia con las mujeres, entendí que apenas las dejas sueltas un par de horas y hacen el amor con quien quieran, sin importarles tus sentimientos y que hábiles en la mentira, podían victimizarse y con un juego de palabras, desquiciarte y salir del tema para entrar a otro sin que uno se diera cuenta.
¿Que yo sea un varón domando?, no lo creo, creo ser un hombre que prefirió tirarse a todas las putas que pudo y pueda, sin esperanzarme en creer eso que forzadamente las mujeres nos quieren imponer y es, el amor, un amor que no son capaces de defender a sus exigencias, del hecho que uno deba ser fiel, si es que ellas lo serían, si en pleno descaro, harán lo que les dé la gana a espaldas de uno.
Por qué pues atarme entonces a una mujer que me será infiel y que probablemente me dé hijos que no sean míos, luego de haberse acostado con otros porque sus bragas estaban muy húmedas y nunca respetaron a un hombre trabajador que llega cansado a su casa y ya no le presta importancia a que su mujer huela a sexo de otro hombre. Ése es el peor castigo que pueda un hombre tener por enamorarse.
Porque no fue una vez sino muchas las veces en que creí en mujeres que parecían amar para siempre y destinadas para el matrimonio donde uno podría confiar en ellas, sin tener que estar pensando en lo que esté haciendo en la ausencia de uno. Apenas te pierdan el respeto o apenas aparezca un hombre que les moje su sexo, en el menor descuido serán infieles, sino es acaso así la realidad de las mujeres solteronas, las madres abandonadas por esa razón, por infidelidades donde el hombre se cansó de sacarse la mierda trabajando para luego ver que los hijos que tenía no se parecían en nada a él y, a enterarse que en los días de su ausencia, ella se acostaba con otros hombres, si es posible, en su propia casa, a sabiendas de los vecinos que siempre nunca dicen nada.
Y eso no es amor. Sin embargo las mujeres porfían en querer defender eso que ellas denominan como el  sentimiento más sublime que une a dos personas para siempre. Luego las feministas y las femeninas alegarán que no fueron bien atendidas o protegidas, descuidadas o dejadas de afecto y enamoramientos como se exigió en un principio de la relación.
Yo no inventé de loco la premisa: “nadie pertenece a nadie ni nadie me pertenece a mí”, lo aprendí de ellas cuando me di cuenta que la monogamia es un invento hecho para que ellas no se queden solas en la vida. Si no te sacan un hijo y te meten preso para que les pases una pensión así sea desde prisión, así luego se vuelvan putas con todo el amparo de la Ley para que les sigas pasando una pensión de alimentos por un hijo que no sabes si realmente es tuyo o si fue concebido mientras ella se acostaba con muchos hombres, es algo que quedará en la consciencia de las mujeres, pero lo  cierto es que la infidelidad no es iniciativa nuestra, la aprendemos de las mujeres a tal punto de preferir solo a las putas, porque al menos con ellas el trato es más sincero, en una renuncia a querer estar con una mujer que encima joderá todo el tiempo, de manera cínica, a medida que envejece y te lleva de la mano como lo tonto que eres, luego de haberte sido infiel delante de todo el mundo, sin que te enteraras.
Yo no quise eso para mi vida, tampoco quise relaciones abiertas donde tuviera que permitir que las mujeres a las cuales les hacía el amor, terminaran por acostarse con otros hombres para así tener libertad de hacerlo de igual manera  con diferentes mujeres yo, eso fue algo irremediable que en el camino tuve que aceptar y el final del amor, tanto para mí, como para las lectoras que me leen y dicen que no tengo sentimientos.
¿Habría que tener sentimientos con mujeres infieles? No, en lo absoluto.
Es así el ritual de la soledad, cuando se ha matado la invención femenina del amor, cercano a mis 50 años, cuando solo quiero estar con putas, nunca acompañado con una mujer que nunca fue decente y deba yo salvar su honra en sociedad.

Julio Mauricio Pacheco Polanco
Escritor
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Julio Mauricio Pacheco Polanco

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