martes, 11 de junio de 2019

CAPÍTULO XV NOVELA: EL ÚLTIMO RITUAL






En realidad me había enfurecido bastante, el apartamento estaba lleno de preservativos luego de 12 horas de sexo continuo usados con la reciente mujer que había pasado la noche conmigo y, el que estuviera mi vecino haciendo arreglos en su patio, había llenado de polvo todo mi pasadizo como los ambientes para la cocina, el baño, las gradas hasta el tercer piso y mi habitación al que había por descuido dejado la ventana abierta. No solo tuve que asearlo todo sino escoger un edredón nuevo para que descansara sobre mi cama mientras se le pasaba la resaca de su mal momento.
Normalmente despierto al mediodía que es la hora en que mi madre me prepara zumos de zanahoria con apio, porro y especies, pero al ver mi celular a esa hora, vi que me envió desde muy temprano mensajes de ayuda, ella no estaba anímicamente bien y me necesitaba. La llamé de inmediato y percaté que siempre se arrepentía de ser sincera al momento de decirme cómo se sentía. Me dijo que estaba trabajando y que en horas me llamaría para visitarme. Pero en realidad estaba bebiendo con sus amigas y no supe cuál era la razón, solo que se sentía muy mal y estime que debía ser por razones de amor.
A los 23 años a pesar de tener experiencia sexual, el mundo se hace inmenso siempre, si acaso hay hombres de avanzada edad que evaden sus problemas sentimentales bebiendo para no sentir esos dolores que parecen nunca acabar y desencadenan en vesanias insoportables que tienen mucho que ver con la vida o la muerte.
Me preocupé de inmediato al recordar que ella tenía un corte en su brazo derecho. Su intento de suicidio era alarmante para mí y, desde los mensajes que me dejaba en el celular, me preguntaba si podía así estando ebria, visitarme.
No bebo y rechazo al alcohol, me parece una forma boba de evadirse de los problemas, pero tampoco puedo negar que he bebido cuando tuve esa edad, mas no recuerdo nunca haber bebido por amor o para olvidar.
Olvidar, esa palabra es recurrente en ella.  Cómo olvidar a alguien que en un segundo la lleva al cielo y al instante le destruye todas sus ilusiones, dejándola al borde abismos donde no hay salvación. Estoy tratando de ser simple en mis expresiones para ser entendido sin mucho tecnicismo o eufemismos que digan las cosas que son, pero de manera diferente, eso no viene al caso en mi cuando tengo que escribir, si soy leído en buena parte de Europa donde aprenden español con mis escritos, entiendo que debo escribir como si estuviera dialogando y, los diálogos siempre deben ser claros, sin términos rebuscados. El alma de cada idioma se caracteriza por ello, por ser entendible en tópicos donde el amor es universal, dentro de todas sus complicaciones.
Y ella estaba pasando por un trance muy complicado.
Los mensajes eran constantes hasta que le dije que la recogería de donde estaba, con amigas y amigos, perdiendo el control o llorando o haciendo cosas de las cuales se avergonzaría después, como me lo hacía entender desde los mensajes en el celular.
Tomé el primer taxi pero la hora tardía me entregó una Arequipa muy acostumbrada a tráficos desesperantes, mientras temía porque le hicieran algo. Nunca he confiado en los amigos bebedores para con sus amigas y, nunca he confiado en las muchachas que beben, son fáciles de seducir y temí por contagios para ella, si acaso le estuvieran haciendo el amor no uno sino varios muchachos y le produjeran un embarazo.
Llegué a los 25 minutos cruzando la ciudad y no la ubicaba a pesar de decirme por el celular que estaba muy mal y sin dinero para regresar a su casa. Opté por internarme entre los bares que habían por la zona entre bebedores con muchachas que bailaban o reían. Eran tipos y mujeres que terminarían haciendo el amor en los baños de esos bares, o tal vez ante la atenta mirada de hombres que me llevaban 20 cm de talla, hombres dispuestos a agarrarse a golpes como es lo normal en los bebedores, pero ello no me inquietó, solo tenía en  mente que no le pasara nada.
Y la llamaba y el celular no contestaba y ya había recorrido todos los bares de la zona entre hombres de seguridad que me temieron por ser un adulto mayor de 1,80 mts de 100 kg y el rostro fiero, propio de los que han segregado demasiada testosterona en la adolescencia. Los fieros siempre hemos dado una impresión acertada: muy viriles y rudos, más aún cuando están en ese trance de buscar a una muchacha que es muy apreciada y corre peligro, cosa que ellos percataron de inmediato porque me dejaron entrar a todos esos antros asustados.
Pero no la encontré, hasta que recibí otro mensaje de ella diciéndome que estaba dos cuadras más arriba, pero ya era oscuro y las calles de esa zona eran de asaltantes. No la ubicaba. Así que hice uso de mi portentosa voz y grité su nombre en medio de las calles para ver si me ubicaba.
El patrullero de policía se detuvo y me preguntó qué era lo que ocurría. Les expliqué que trataba de hallar a una amiga que estaba en apuros. ¿Está seguro que no nos necesita? Pensé en ese momento en los antros y bares, en mis declaraciones al momento de decir que ella estuvo en alguno de ellos presumiblemente y, eso era terminar denunciando los locales y dando mis descargos en la Comisaría. Descuiden señores policías, esperaré un momento más, si algo ocurre, tengo el número de ustedes, los llamaré.  Comprendido, me dijeron, mientras daban marcha a sus patrulleros en medio de las calles oscuras y transitadas de esa zona. Grité el nombre de ella unas 10 veces más hasta que pasara una hora, llamándola con insistencia a su celular. Fue inútil.
Le dejé mensajes explicándole que no la ubicaba sin que me respondiera. Era una muchacha muy complicada. Me voy, le dije, te busqué y esperé y no te hallé.
Alguna vez le había dicho que podía contar conmigo cuando más me necesitara, había cumplido mi palabra.
El ritual era ese: gritar su nombre a todo pulmón en medio de las calles llenas de personas pensando solo que algo podía estar pasándole. Horas después al volver a casa vi que su whatsapp seguía funcionando pero que no me contestaba a pesar que le preguntaba si estaba bien.  Pensé en eso, que se había ido con sus amigos a seguir bebiendo a alguna casa. No era la primera vez, pero sí para mí la última.
No me gustan las personas que no tienen palabra.

Julio Mauricio Pacheco Polanco
Escritor
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Julio Mauricio Pacheco Polanco


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