En realidad me había enfurecido
bastante, el apartamento estaba lleno de preservativos luego de 12 horas de
sexo continuo usados con la reciente mujer que había pasado la noche conmigo y,
el que estuviera mi vecino haciendo arreglos en su patio, había llenado de
polvo todo mi pasadizo como los ambientes para la cocina, el baño, las gradas
hasta el tercer piso y mi habitación al que había por descuido dejado la ventana
abierta. No solo tuve que asearlo todo sino escoger un edredón nuevo para que
descansara sobre mi cama mientras se le pasaba la resaca de su mal momento.
Normalmente despierto al mediodía
que es la hora en que mi madre me prepara zumos de zanahoria con apio, porro y
especies, pero al ver mi celular a esa hora, vi que me envió desde muy temprano
mensajes de ayuda, ella no estaba anímicamente bien y me necesitaba. La llamé
de inmediato y percaté que siempre se arrepentía de ser sincera al momento de
decirme cómo se sentía. Me dijo que estaba trabajando y que en horas me
llamaría para visitarme. Pero en realidad estaba bebiendo con sus amigas y no
supe cuál era la razón, solo que se sentía muy mal y estime que debía ser por
razones de amor.
A los 23 años a pesar de tener
experiencia sexual, el mundo se hace inmenso siempre, si acaso hay hombres de
avanzada edad que evaden sus problemas sentimentales bebiendo para no sentir
esos dolores que parecen nunca acabar y desencadenan en vesanias insoportables
que tienen mucho que ver con la vida o la muerte.
Me preocupé de inmediato al
recordar que ella tenía un corte en su brazo derecho. Su intento de suicidio
era alarmante para mí y, desde los mensajes que me dejaba en el celular, me
preguntaba si podía así estando ebria, visitarme.
No bebo y rechazo al alcohol, me
parece una forma boba de evadirse de los problemas, pero tampoco puedo negar
que he bebido cuando tuve esa edad, mas no recuerdo nunca haber bebido por amor
o para olvidar.
Olvidar, esa palabra es
recurrente en ella. Cómo olvidar a
alguien que en un segundo la lleva al cielo y al instante le destruye todas sus
ilusiones, dejándola al borde abismos donde no hay salvación. Estoy tratando de
ser simple en mis expresiones para ser entendido sin mucho tecnicismo o
eufemismos que digan las cosas que son, pero de manera diferente, eso no viene
al caso en mi cuando tengo que escribir, si soy leído en buena parte de Europa
donde aprenden español con mis escritos, entiendo que debo escribir como si
estuviera dialogando y, los diálogos siempre deben ser claros, sin términos
rebuscados. El alma de cada idioma se caracteriza por ello, por ser entendible
en tópicos donde el amor es universal, dentro de todas sus complicaciones.
Y ella estaba pasando por un
trance muy complicado.
Los mensajes eran constantes
hasta que le dije que la recogería de donde estaba, con amigas y amigos,
perdiendo el control o llorando o haciendo cosas de las cuales se avergonzaría
después, como me lo hacía entender desde los mensajes en el celular.
Tomé el primer taxi pero la hora
tardía me entregó una Arequipa muy acostumbrada a tráficos desesperantes,
mientras temía porque le hicieran algo. Nunca he confiado en los amigos
bebedores para con sus amigas y, nunca he confiado en las muchachas que beben,
son fáciles de seducir y temí por contagios para ella, si acaso le estuvieran haciendo
el amor no uno sino varios muchachos y le produjeran un embarazo.
Llegué a los 25 minutos cruzando
la ciudad y no la ubicaba a pesar de decirme por el celular que estaba muy mal
y sin dinero para regresar a su casa. Opté por internarme entre los bares que
habían por la zona entre bebedores con muchachas que bailaban o reían. Eran tipos
y mujeres que terminarían haciendo el amor en los baños de esos bares, o tal
vez ante la atenta mirada de hombres que me llevaban 20 cm de talla, hombres
dispuestos a agarrarse a golpes como es lo normal en los bebedores, pero ello
no me inquietó, solo tenía en mente que
no le pasara nada.
Y la llamaba y el celular no
contestaba y ya había recorrido todos los bares de la zona entre hombres de
seguridad que me temieron por ser un adulto mayor de 1,80 mts de 100 kg y el
rostro fiero, propio de los que han segregado demasiada testosterona en la
adolescencia. Los fieros siempre hemos dado una impresión acertada: muy viriles
y rudos, más aún cuando están en ese trance de buscar a una muchacha que es muy
apreciada y corre peligro, cosa que ellos percataron de inmediato porque me
dejaron entrar a todos esos antros asustados.
Pero no la encontré, hasta que
recibí otro mensaje de ella diciéndome que estaba dos cuadras más arriba, pero
ya era oscuro y las calles de esa zona eran de asaltantes. No la ubicaba. Así
que hice uso de mi portentosa voz y grité su nombre en medio de las calles para
ver si me ubicaba.
El patrullero de policía se
detuvo y me preguntó qué era lo que ocurría. Les expliqué que trataba de hallar
a una amiga que estaba en apuros. ¿Está seguro que no nos necesita? Pensé en
ese momento en los antros y bares, en mis declaraciones al momento de decir que
ella estuvo en alguno de ellos presumiblemente y, eso era terminar denunciando los
locales y dando mis descargos en la Comisaría. Descuiden señores policías,
esperaré un momento más, si algo ocurre, tengo el número de ustedes, los
llamaré. Comprendido, me dijeron,
mientras daban marcha a sus patrulleros en medio de las calles oscuras y
transitadas de esa zona. Grité el nombre de ella unas 10 veces más hasta que
pasara una hora, llamándola con insistencia a su celular. Fue inútil.
Le dejé mensajes explicándole que
no la ubicaba sin que me respondiera. Era una muchacha muy complicada. Me voy,
le dije, te busqué y esperé y no te hallé.
Alguna vez le había dicho que
podía contar conmigo cuando más me necesitara, había cumplido mi palabra.
El ritual era ese: gritar su
nombre a todo pulmón en medio de las calles llenas de personas pensando solo
que algo podía estar pasándole. Horas después al volver a casa vi que su
whatsapp seguía funcionando pero que no me contestaba a pesar que le preguntaba
si estaba bien. Pensé en eso, que se
había ido con sus amigos a seguir bebiendo a alguna casa. No era la primera
vez, pero sí para mí la última.
No me gustan las personas que no
tienen palabra.
Julio Mauricio Pacheco Polanco
Escritor
Todos los Derechos Reservados
para
Julio Mauricio Pacheco Polanco

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