Quizá la vida de las demás
personas sea eso, llegar a casa luego de un largo día de trabajo y tener una
esposa con hijos. No he dicho si tuvieran problemas o uno de los dos un amante
o, ambos sus amantes. Tantas cosas ocurren por las noches en esas casas de
clase media donde el silencio es voto de decencia donde nadie debe escuchar sus
conversaciones. A veces parece que no conversaran nunca, que al pasar por esas
casas a la hora de la noche, las habitaciones con luces encendidas solo
tuvieran historias silentes, nada nuevo qué decir o por qué preocuparse, si
acaso el padre es alcohólico o la mujer ludópata, tampoco si el hijo sea
perseguido por La Ley o la hija sufra de depresión.
Como dije, tantas cosas ocurren
cuando la familia se sienta a la mesa y espera al hijo menor que probablemente
vuelva a perderse otra noche más, entre los amigos y las botellas y esos
discursos donde se expresa como erudito, ¿alguien alguna vez pensaría que los
libros inducirían al alcoholismo? En realidad la mayor cantidad de gente culta
que he conocido es bebedora, no sé, no me parece muy viril que se sienten dos
hombres o más, a una mesa, a tomar unas tazas con té y canela, para hablar
precisamente de sexo, se requiere ser muy viril para hacer ello y, se requiere
ser más viril para no necesitar de amigos para relatar historias donde se habla
de mujeres cuando el tiempo siempre va en contra y es necesario aprovecharlo en
las muchachas que piden placer. Pero en fin, de eso no estaba escribiendo, empecé escribiendo sobre cómo las personas
llegan cansadas a sus casas por la noche, luego de muchos rituales, sean los
que van desde salir de una sala de partos donde la mujer por fin da un aliento
calmo al corroborar que su hijo es sano, que no tiene ninguna tara ocasionada
por el consumo de cocaína del padre o porque se dieron cuenta que el sexo no
era un placer más, que traía consecuencias, como la de cambiar pañales y
pasarse la noche en vela cuidando al ¿bebé?, ¿y si fueron gemelos?, mejor dicho
y, si el dinero empieza a faltar cuando se empieza a pensar en los gastos que
demanden los bebés, porque además hay que pagar la hipoteca de la casa si es
que la pareja no tuvo herencia o se marcharon a hacer sus vidas en otra ciudad,
lejos de sus padres que padecen de soledad y saben cada vez poco de sus hijos y
nietos, si es que no están en un asilo porque la hija que se quedó con ellos
terminó por perder la razón y decidió deshacerse de ellos y postear fotos desde
sus redes sociales cada vez que los visita, solo para aparentar ser una buena
hija más allá de todas sus razones, porque hay también casas donde viven
mujeres solitarias y escriben poemas con nostalgia, evocando amores del pasado
o amores que pudieron ser como tantas historias más, siempre girando en torno al
silencio de clase media que pareciera esperar alguna reunión o concierto o
evento social para de manera muy educada, con las palabras muy medidas,
enterarse del cómo les va a los demás, luego de hacer los descargos del cómo
están creciendo los niños, de las tareas del colegio o los viajes de vacaciones
o lo duro que es la competencia laboral si es que se remitan solo a hablar de
las personas que tienen el poder económico y les dan trabajo y sé que estoy
obviando muchas cosas que seguramente mi lector o lectora me dirá por qué no
las menciono, ya que el mundo tiene 8 mil millones de historias que nadie ha
podido resolver, entre religiones, partidos políticos o mercados desde donde se
sabe hacer dinero, pero la mirada desde el inicio de este capítulo se centra en
una mujer, una mujer que todas las noches está sentada desde su auto con un
amigo de años, un hombre rudo que siempre está callado, tan callado como ella,
atentos a una sola llamada en medio de la noche, una llamada de esas que vienen
de esos hombres solitarios que han ganado un dinero extra y pueden darse un
gusto o placer. Porque puedo decir que ella tiene esa costumbre hace mucho
tiempo, quizá ya para más de 20 años como cuando se pasa la juventud y se
entiende que las ofertas de ese tipo en la ciudad son abrumadoras y ella sabe
que debe ser cada vez más complaciente, más cuidadosa al momento de brindar sus
servicios para el amor, porque a veces la llamo y tengo esa sensación, que ha
estado sentada dentro de su auto en silencio por horas, esperando que ocurra
algo, que alguno de sus clientes habituales se acuerde de ella antes de llamar
a nuevas señoritas que saben hacer el amor muy bien y no la hagan sentirse
desplazada, olvidada. Porque dentro de todas las historias que sé acerca del
olvido, ésta es una de las más interesantes, la de la mujer que teme ser
olvidada, no la de la mujer que cree que nunca podrá olvidar al hombre que ama,
sino, el de la mujer que siente que están siendo ingratos con ella, que ya no
la recuerdan, si acaso al sentir timbrar el celular, se excite y no por el
dinero que tenga a ganar sino, porque sabe que aún existe en el mundo de los
hombres solitarios y que su oficio de puta aún no la condena a las reuniones de
alguna iglesia donde deba dar su testimonio para luego ir de casa en casa con
fines distintos: predicando la palabra de Dios y ejerciendo la labor de mujer
sabia de la calle, la que encontró por fin la paz, luego de miles de noches donde
todo empezó con mucha alegría, entre amantes que le propusieran matrimonio,
hasta esas noches como las que escribo ahora, en las que el celular no suena,
en medio del silencio de esta ciudad de clase media.
Julio Mauricio Pacheco Polanco
Escritor
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Julio Mauricio Pacheco Polanco

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