Los Escritores hemos escrito
muchas veces sobre los momentos que son para siempre, sobre esas vivencias que
tienen sus propias canciones, paisajes donde se sabe, se está o estuvo muy
vivo, como cuando los ojos se encuentran y se tiene miedo por el tiempo que se
va rápido y no se sabe qué hacer con tanta felicidad.
Una calle que sabemos, no será la
misma en unos años, las personas que cambian o los sucesos que acompañan esos
diálogos donde se habla de la música en común, anécdotas que esperaron ese
momento para ser relatadas o, las frases espontaneas que no volverán a ser
dichas nunca más. Y el cielo que tendrá un color especial como el aroma de la
ciudad, los secretos compartidos o lo que uno recuerde en otras noches cuando
todo haya pasado y sonriente se cale un tabaco, mientras la mirada recorra
calendarios de esos sueños que se van quedando para que otros prosigan, como la
esperanza perdida que vuelve con otra expresión en el día de los pasos pausados
y sin rumbo fijo, porque nada es premeditado y las emociones son conversaciones
que se parecen a la de las demás personas, entre alguien que siente penas y
alguien que es feliz.
Porque he recordado lo que a mis
27 años tuviera que recordar para aferrarme a la vida sin que ahora pueda
recordar qué recordé, sin dejar de tener la certeza que dentro de todas las
luchas anónimas que existen, unos quisieron ser más fuertes hasta la llegada de
la noche donde amenaza el sueño eterno y el no querer no volver a despertar, si
es que eso sentí a mis 31 años cuando la enfermera en el hospital me inyectaba
a la vena una fuerte dosis de un sedante que me provocaría una cura de sueño,
antes de decirle que no lo hiciera, porque sentía que moría siempre después de
cada inyección que era colocada en la vena, mientras mis pestañas eran vencidas
para luego sentir que ya no respiraba, si es que es lo más cercano que tengo
para decir que percibo como si hubiera pasado de una vida a otra o que he
tenido muchas vidas y seguramente en el pasado de alguna de ellas, han quedado
escritos de un poeta que quiso un mundo mejor y un día se fue por la carretera,
en medio de los desiertos, con la intención de querer llegar al otro lado del
mundo, para entregar su vida, ante una posible guerra mundial, sintiendo que me
acercaba más que a la muerte, a Dios, a la eternidad de los que saben que el
cielo existe y los miedos ya no existen, porque la misión emprendida es superior
a cualquier sacrificio.
Y decía que los Escritores hemos
escrito sobre esos momentos que a manera de imágenes se han quedado en nuestra
memoria y, seguramente esos deben ser los recuerdos del hombre que se sienta en
una banca de un parque cualquiera, contemplando en el aleteo de las palomas,
esos días donde todo fue vehemencia, ilusiones o fe, lo que arrastran en sus
pasos lentos los hombres de cabello cano y andar curvado, cansado, cuando en
sus silencios, hay algo que no se ha relatado completamente y se calla, porque
es muy valioso el recuerdo como imposible de ser creído, ya que el ser humano,
a pesar de sus flaquezas, es más fuerte que todas las vicisitudes a las cuales
ha tenido que superar para decir que es un hombre, alguien cuyas palabras
tienen un peso honorable, lleno de autoridad, si es que hablamos de los
auténticos guerreros, de los que llegaron a ser sabios y alejados del barullo
del mundo, contemplan en las horas del día, la fantasía que se hizo realidad,
en medio de fábulas imposibles para los que recién empiezan a vivir y no se dan
cuenta del valor de cada día que transcurre, del vigor de los valientes que se
manifestaron cuando era necesario recordarnos nuestra historia y lo que somos,
entre el temblor en las piernas, ese que muchas personas sintieron alguna vez
en sus vidas en plena calle, poblada de gente, cuando han sentido pánico,
terror y, sin poder avanzar, se han dicho: ¡esto es tonto!, ¿si yo soy más
fuerte que mis miedos, por qué no puedo dar un paso más en el centro de la
ciudad?
De estas contradicciones estamos
todos hechos y, alguien debe escribirlo, para esclarecer lo que callamos cuando
queremos demostrar todo lo contrario, innecesariamente, porque el ojo de los
demás lo comprende todo, entre risas que son propias no de la burla sino de los
miedos interiores que se reflejan en uno cuando se hace necesario como ahora
decir que lo único que nos roba la vida y el derecho a ser felices, es el miedo
y, no un miedo voluntario, sino el que pertenece al cuerpo que aún no
aprendemos a conquistar, entre un caminar que no nos agrada y creemos, es
motivo de vergüenza ajena o, gestos propios de las mujeres donde sienten que no
son femeninas y eso pueda despertar comentarios que pongan en duda su feminidad
o el mayor de todos los miedos: el conflicto de la identidad sexual cuando las
personas se arrepienten de lo que han hecho si es que han tenido un contacto
con una persona de su mismo sexo y no entienden que los homosexuales no guardan
culpa por su conducta o, como me lo dijera una terapeuta: Mauricio, las
lesbianas son felices con su sexualidad, no he conocido a ninguna lesbiana que
sea una enferma mental por sus placeres, otra cosa es el remordimiento, los sentimientos
de culpa, la vergüenza por lo hecho que es confundida con miedo y, eso es algo
que me cuesta mucho hacerles entender a mis pacientes.
Porque son esos momentos
esclarecidos, desde el amor a los de guerra, los que a cierta edad, se convierten
en los escritos del que sabe que no
recordará lo que ahora escribe, como me pasa siempre, cuando releo escritos
míos de hace 6 años y, a veces tengo la impresión de estar leyendo a un maestro
de la literatura o, a un hombre que vivió mucho y supo a tiempo, escribir con
claridad, todas sus vivencias.
Y ése es el ritual del verbo.
Julio Mauricio Pacheco Polanco
Escritor
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Julio Mauricio Pacheco Polanco

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