miércoles, 12 de junio de 2019

CAPÍTULO XXI NOVELA: EL ÚLTIMO RITUAL






Los Escritores hemos escrito muchas veces sobre los momentos que son para siempre, sobre esas vivencias que tienen sus propias canciones, paisajes donde se sabe, se está o estuvo muy vivo, como cuando los ojos se encuentran y se tiene miedo por el tiempo que se va rápido y no se sabe qué hacer con tanta felicidad.
Una calle que sabemos, no será la misma en unos años, las personas que cambian o los sucesos que acompañan esos diálogos donde se habla de la música en común, anécdotas que esperaron ese momento para ser relatadas o, las frases espontaneas que no volverán a ser dichas nunca más. Y el cielo que tendrá un color especial como el aroma de la ciudad, los secretos compartidos o lo que uno recuerde en otras noches cuando todo haya pasado y sonriente se cale un tabaco, mientras la mirada recorra calendarios de esos sueños que se van quedando para que otros prosigan, como la esperanza perdida que vuelve con otra expresión en el día de los pasos pausados y sin rumbo fijo, porque nada es premeditado y las emociones son conversaciones que se parecen a la de las demás personas, entre alguien que siente penas y alguien que es feliz.
Porque he recordado lo que a mis 27 años tuviera que recordar para aferrarme a la vida sin que ahora pueda recordar qué recordé, sin dejar de tener la certeza que dentro de todas las luchas anónimas que existen, unos quisieron ser más fuertes hasta la llegada de la noche donde amenaza el sueño eterno y el no querer no volver a despertar, si es que eso sentí a mis 31 años cuando la enfermera en el hospital me inyectaba a la vena una fuerte dosis de un sedante que me provocaría una cura de sueño, antes de decirle que no lo hiciera, porque sentía que moría siempre después de cada inyección que era colocada en la vena, mientras mis pestañas eran vencidas para luego sentir que ya no respiraba, si es que es lo más cercano que tengo para decir que percibo como si hubiera pasado de una vida a otra o que he tenido muchas vidas y seguramente en el pasado de alguna de ellas, han quedado escritos de un poeta que quiso un mundo mejor y un día se fue por la carretera, en medio de los desiertos, con la intención de querer llegar al otro lado del mundo, para entregar su vida, ante una posible guerra mundial, sintiendo que me acercaba más que a la muerte, a Dios, a la eternidad de los que saben que el cielo existe y los miedos ya no existen, porque la misión emprendida es superior a cualquier sacrificio.
Y decía que los Escritores hemos escrito sobre esos momentos que a manera de imágenes se han quedado en nuestra memoria y, seguramente esos deben ser los recuerdos del hombre que se sienta en una banca de un parque cualquiera, contemplando en el aleteo de las palomas, esos días donde todo fue vehemencia, ilusiones o fe, lo que arrastran en sus pasos lentos los hombres de cabello cano y andar curvado, cansado, cuando en sus silencios, hay algo que no se ha relatado completamente y se calla, porque es muy valioso el recuerdo como imposible de ser creído, ya que el ser humano, a pesar de sus flaquezas, es más fuerte que todas las vicisitudes a las cuales ha tenido que superar para decir que es un hombre, alguien cuyas palabras tienen un peso honorable, lleno de autoridad, si es que hablamos de los auténticos guerreros, de los que llegaron a ser sabios y alejados del barullo del mundo, contemplan en las horas del día, la fantasía que se hizo realidad, en medio de fábulas imposibles para los que recién empiezan a vivir y no se dan cuenta del valor de cada día que transcurre, del vigor de los valientes que se manifestaron cuando era necesario recordarnos nuestra historia y lo que somos, entre el temblor en las piernas, ese que muchas personas sintieron alguna vez en sus vidas en plena calle, poblada de gente, cuando han sentido pánico, terror y, sin poder avanzar, se han dicho: ¡esto es tonto!, ¿si yo soy más fuerte que mis miedos, por qué no puedo dar un paso más en el centro de la ciudad?
De estas contradicciones estamos todos hechos y, alguien debe escribirlo, para esclarecer lo que callamos cuando queremos demostrar todo lo contrario, innecesariamente, porque el ojo de los demás lo comprende todo, entre risas que son propias no de la burla sino de los miedos interiores que se reflejan en uno cuando se hace necesario como ahora decir que lo único que nos roba la vida y el derecho a ser felices, es el miedo y, no un miedo voluntario, sino el que pertenece al cuerpo que aún no aprendemos a conquistar, entre un caminar que no nos agrada y creemos, es motivo de vergüenza ajena o, gestos propios de las mujeres donde sienten que no son femeninas y eso pueda despertar comentarios que pongan en duda su feminidad o el mayor de todos los miedos: el conflicto de la identidad sexual cuando las personas se arrepienten de lo que han hecho si es que han tenido un contacto con una persona de su mismo sexo y no entienden que los homosexuales no guardan culpa por su conducta o, como me lo dijera una terapeuta: Mauricio, las lesbianas son felices con su sexualidad, no he conocido a ninguna lesbiana que sea una enferma mental por sus placeres, otra cosa es el remordimiento, los sentimientos de culpa, la vergüenza por lo hecho que es confundida con miedo y, eso es algo que me cuesta mucho hacerles entender a mis pacientes.
Porque son esos momentos esclarecidos, desde el amor a los de guerra, los que a cierta edad, se convierten en los escritos  del que sabe que no recordará lo que ahora escribe, como me pasa siempre, cuando releo escritos míos de hace 6 años y, a veces tengo la impresión de estar leyendo a un maestro de la literatura o, a un hombre que vivió mucho y supo a tiempo, escribir con claridad, todas sus vivencias.
Y ése es el ritual del verbo.

Julio Mauricio Pacheco Polanco
Escritor
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Julio Mauricio Pacheco Polanco

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