Sí, ya lo tengo bien claro. Cada vez
que quiero escribir sobre temas personales que no tienen relación alguna con mi
vida sexual, pues a nadie le interesa, pero si me pongo a escribir sobre mis erecciones y el cómo
penetro sin piedad a las veinteañeras que siendo multiorgásmicas y de todos los orgamos que las hago alcanzar en las sesiones de sexo contínuas,
pues allí cambia la cosa, porque estimada lectora, me dirá que la ninfomanía es
una enfermedad que no tiene cura, que ellas te pueden decir que no, que no
sigas, pero el olor de su sexo las delata, como también la calentura que se les
sale por esos ojos que se aclaran y me dicen que debo darles trámite, que no
hay más tiempo para filosofar, sea sobre la vida o la muerte, que las mejores
experiencias es estar sobre ellas, tenerlas boca abajo y ver cómo entra mi
grueso miembro viril por sus vaginas mientras ellas empiezan a gritar para mi vergüenza,
pidiendo sexo y más sexo, enloquecidas y endemoniadas, como si la vida solo se
tratara de penetrar, penetrar y solo penetrar vaginas.
Me dirás que algunas fingen el
orgasmo, pero dentro de mis mujeres, más bien a punta de gritos las he hecho
llegar a sus orgasmos mucho más antes de penetrarlas, cuando al desnudarlas, he
visto los fluidos viscosos chorrearse entre sus piernas mientras sus sexos eran
labios que se abrían y cerraban, tratando de imaginar cómo estarían esos úteros
o esas fiebres donde deliberamos todos los riegos al momento de hacerse el más
fuerte y ponerse el preservativo, si es que es necesario hacer uso de más de 3
o 4, porque o bien termino siempre rompiéndolos, o porque al tenerlas en esa
postura, la fricción sea más intensa y en el entrar y salir de dos horas de
sexo continuo se haga inevitable que se salgan, menudas labores para los grandes
cacheros como yo.
Y es que mientras estoy
penetrándolas y les grito con furia: ¡estoy dentro de tí, eres mía, me perteneces!,
¿sientes cómo mi miembro viril entra hasta tus entrañas?, ¿te gusta que te la
meta siempre?, ¿quieres que te llene de leche?, dando órdenes de inmediato
donde me vale un carajo si es cierto o no cuando empiezan a decirme: ¡Mauricio,
te amo, dame la leche, te amo, te amo, Mauricio!, si es que al sujetarlas con
fuerza de sus cabelleras para darlas de a golpes contra el colchón como si
fueran enemigos de una gresca a los cuales hay que sacarles la mierda,
entendía, más allá de mis fracasos de eyacular porque no me excito con los
preservativos puestos o, esta eyaculación tardía que me exige hacerles el amor
a muchachas diferentes para alcanzar el
orgasmo con el condón puesto, si acaso habría tenido lectoras o lectores
que se tomasen el tiempo para leer escritos donde la filosofía sea abordar
temas tediosos que a nadie le interesa.
Debía entender que a mis 48 años,
casi 50, alguien debía motivar la mañana con relatos de ejecuciones donde
embisto a muchachas que solo quieren orgasmos y más orgasmos, antes de prestar
atención a las noticias dadas como causas perdidas o la necesidad de un mundo
mejor, que entiendo, el sexo entre revolucionarios debe ser muy bueno, pero yo
soy un escritor que superó esas etapas o rituales y sobrepuso sus ideales a un
mundo mejor a las fiebres de estas muchachas que sienten sus vaginas palpitar
desde lo más profundo de sus úteros, para olvidarse lo mierda que es la vida o,
las pocas respuestas que tenemos en medio de incertidumbres donde nada quedará
nunca claro.
Así, a tiempo, renuncie a ser un
escritor borgiano o vargasllosino, sino ser más bien, un escritor que se dedica
a escribir sobre cómo mete el miembro viril una y otra vez, para el deleite de
mis lectoras que celebran la vida de igual manera, si es que estamos hablando
del amor, ese amor que no tiene complicaciones y es solo propio de nosotros los
adultos, los que no jodemos, dicho sea con propiedad: ¡no celamos, carajo!
Julio Mauricio Pacheco Polanco
Escritor
Todos los Derechos Reservados
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Julio Mauricio Pacheco Polanco
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