martes, 12 de noviembre de 2019

EL ESCRITOR QUE SOLO DEBÍA ESCRIBIR SOBRE SEXO






Sí, ya lo tengo bien claro. Cada vez que quiero escribir sobre temas personales que no tienen relación alguna con mi vida sexual, pues a nadie le interesa, pero si me pongo  a escribir sobre mis erecciones y el cómo penetro sin piedad a las veinteañeras que siendo multiorgásmicas y de todos los orgamos que las hago alcanzar en las sesiones de sexo contínuas, pues allí cambia la cosa, porque estimada lectora, me dirá que la ninfomanía es una enfermedad que no tiene cura, que ellas te pueden decir que no, que no sigas, pero el olor de su sexo las delata, como también la calentura que se les sale por esos ojos que se aclaran y me dicen que debo darles trámite, que no hay más tiempo para filosofar, sea sobre la vida o la muerte, que las mejores experiencias es estar sobre ellas, tenerlas boca abajo y ver cómo entra mi grueso miembro viril por sus vaginas mientras ellas empiezan a gritar para mi vergüenza, pidiendo sexo y más sexo, enloquecidas y endemoniadas, como si la vida solo se tratara de penetrar, penetrar y solo penetrar vaginas.
Me dirás que algunas fingen el orgasmo, pero dentro de mis mujeres, más bien a punta de gritos las he hecho llegar a sus orgasmos mucho más antes de penetrarlas, cuando al desnudarlas, he visto los fluidos viscosos chorrearse entre sus piernas mientras sus sexos eran labios que se abrían y cerraban, tratando de imaginar cómo estarían esos úteros o esas fiebres donde deliberamos todos los riegos al momento de hacerse el más fuerte y ponerse el preservativo, si es que es necesario hacer uso de más de 3 o 4, porque o bien termino siempre rompiéndolos, o porque al tenerlas en esa postura, la fricción sea más intensa y en el entrar y salir de dos horas de sexo continuo se haga inevitable que se salgan, menudas labores para los grandes cacheros como yo.
Y es que mientras estoy penetrándolas y les grito con furia: ¡estoy dentro de tí, eres mía, me perteneces!, ¿sientes cómo mi miembro viril entra hasta tus entrañas?, ¿te gusta que te la meta siempre?, ¿quieres que te llene de leche?, dando órdenes de inmediato donde me vale un carajo si es cierto o no cuando empiezan a decirme: ¡Mauricio, te amo, dame la leche, te amo, te amo, Mauricio!, si es que al sujetarlas con fuerza de sus cabelleras para darlas de a golpes contra el colchón como si fueran enemigos de una gresca a los cuales hay que sacarles la mierda, entendía, más allá de mis fracasos de eyacular porque no me excito con los preservativos puestos o, esta eyaculación tardía que me exige hacerles el amor a muchachas diferentes para alcanzar el  orgasmo con el condón puesto, si acaso habría tenido lectoras o lectores que se tomasen el tiempo para leer escritos donde la filosofía sea abordar temas tediosos que a nadie le interesa.
Debía entender que a mis 48 años, casi 50, alguien debía motivar la mañana con relatos de ejecuciones donde embisto a muchachas que solo quieren orgasmos y más orgasmos, antes de prestar atención a las noticias dadas como causas perdidas o la necesidad de un mundo mejor, que entiendo, el sexo entre revolucionarios debe ser muy bueno, pero yo soy un escritor que superó esas etapas o rituales y sobrepuso sus ideales a un mundo mejor a las fiebres de estas muchachas que sienten sus vaginas palpitar desde lo más profundo de sus úteros, para olvidarse lo mierda que es la vida o, las pocas respuestas que tenemos en medio de incertidumbres donde nada quedará nunca claro.
Así, a tiempo, renuncie a ser un escritor borgiano o vargasllosino, sino ser más bien, un escritor que se dedica a escribir sobre cómo mete el miembro viril una y otra vez, para el deleite de mis lectoras que celebran la vida de igual manera, si es que estamos hablando del amor, ese amor que no tiene complicaciones y es solo propio de nosotros los adultos, los que no jodemos, dicho sea con propiedad: ¡no celamos, carajo!

Julio Mauricio Pacheco Polanco
Escritor
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Julio Mauricio Pacheco Polanco

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