Trabajé un mes como agente de seguridad por inicios de los 2,000, para
comprar mi computadora y tener internet. Me vieron a una marcha superior a lo
habitual y muy feliz. La desesperación de mi soledad había muerto por fin, años
de aislamiento social en contra de mi voluntad, recluido en las bibliotecas,
soportando lo insuperable: tener 33 años y estar sentado en las gradas de las
plazas sin tener con quien dialogar, para volver a leer libros en las
bibliotecas y saber que los titanes del pensamiento pasaron por lo mismo que
yo.
Hace un par de días perdí la señal de internet y recordé ese trance,
medité sobre los seres humanos que no tenían la música a escoger de YouTube,
que guardaron silencio sin libros y el terror impuesto por el oscurantismo en
la Edad Media: antes de la peste, les dieron a los niños violines para que se
entretuvieran, pero eso fracasó.
El contacto fue más cercano para el escritor que se rindió una tarde
ante una muchacha estudiante de Literatura que me respondió: “¿quieres seguir
siendo el más fuerte?”, para luego retirarme el habla y sentirme
abrumadoramente solo. Entendía bien el übermensh de Nietzsche. No me suicidé. Superé
el límite humano, decían que estaba loco por pensar diferente.
Han pasado dos décadas y ahora, esa desesperación no existe en estas
nuevas generaciones, salvo, se queden sin internet.
Es agradable el silencio por ciertos días, luego extrañas los libros que
hayas de inmediato en Google o, lo conciertos o documentales de YouTube. Uno tiene
redes sociales y puede como escritor ser público globalmente. Uno puede tener
un Blogger y ver desde Google Analytics desde qué ciudades del mundo me leen,
sin que sean visitas hechas por granjas de bots.
Y todo en un ordenador o un celular.
Toda la información llega en fracciones de segundo a todos los rincones
donde esté internet.
Hace una tarde me quedé sin internet y volví a desesperarme, ¿escuchar
la radio donde no puedo decidir qué música disfrutar?, ¿volver a las
Bibliotecas donde revisaba casilleros tras casilleros sin saber qué?, ahora las
IA como Copilot me abrevian las búsquedas al instante y, como llevo décadas
estudiando, sé programar su software para no tener información errada.
El trance de esos años. La soledad extrema. Todo lo que tuve que
aguantar por haber desarrollado un pensamiento autónomo y propio, basado en el
autoconocimiento e introspección involuntariamente.
Muchos años de eso, siempre escribiendo, como ahora, sin lucrar con mis
escritos, siendo impoluto e incorruptible, un pensador libre, un ser liminar
que cruzó umbrales hacia reflexiones desconocidas de manera incisiva. Ahora tengo
casi 55 años. Ahora destrozo teclados de mi ordenador al escribir, ya no
máquinas de escribir Olivetti o Remington.
Y escribo escuchando temas instrumentales.
Es cierto, aquella tarde cuando tuve mi computadora, se me vio demasiado
feliz, no tenía que ir a locutorios donde había cabinas de internet para pagar
por horas de servicio. ¿Un escritor tecnológico? O la tecnología que me rescató
de la soledad extrema.
Tú dirás, cuentas con redes sociales. Con eso te distraes casi todas las
horas del día, no sé si en tu beneficio o perjuicio. En mi generación no fue
así. En mi generación eran parques solitarios sin tener con quién dialogar o,
la peor de las opciones: ser alcohólico, drogadicto, para formar parte de
grupos de amigos. Opté por lo más duro: aguantar.
¿Pasó mucho tiempo desde entonces? Sí, mucho tiempo y, estoy aquí, sin
haber perdido mi esencia: el amor por la verdad.
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