martes, 13 de enero de 2026

LOS ERRORES QUE NOS HICIERON SABIOS

Los primeros hombres, en los orígenes de la civilización, cuando conquistaron el habla para comunicarse, si se dieran cuenta de la importancia de la comunicación, algo que los lingüistas rescatarían en sus tratados como prioridad para la comunicación, desde Roman Jakobson, William Labov, Ferdinand de Saussure, Noam Chomsky, Bernández, Broca, Vygeltsky, Piaget, y Hallyday, demostraron que la palabra debía ser avalada con la veracidad, la claridad de enunciación y el sustento del conocimiento o sabiduría, para que las personas se pudieran entender. En la noche de los tiempos, cuando ocurrió una terrible desconfiguración planetaria y surgió el día y la noche, hasta que en el siglo XVI, los hugonotes, venidos de Francia, llegaron a Ginebra, para establecer un centro de producción de relojes, cuando Abraham-Louis Perrelet inventara el reloj automático en 1770, marcando un hito en la relojería suiza, si es que los egipcios, los griegos y las babilónicos ya habían inventado métodos para medir el tiempo según sus observaciones astronómicas y los calendarios de sus culturas. Desde entonces existe ese fenómeno que fue estudiado por Einstein en su Teoría de la Relatividad, dando otros alcances: que del tiempo se puede crear espacio y viceversa, si fuera el tiempo una cuarta dimensión, algo que no es aplicable a la física cuántica, donde otras leyes de la física muy diferentes e incomprensibles, se dan dentro del átomo. Nadie sabe a ciencia cierta cómo surgió el habla ni cuál fue la primera palabra ni la razón de qué se pronunció. Tampoco sabemos qué instó al homo sapiens a trascribir esa palabra, sea en la roca, un papiro o tablas de arcillas. De esos tiempos, han quedado escritos que pocos lograron acceder a lo escrito, culturas milenarias con seguramente increíbles interpretaciones del Cosmos o de la vida. Hubo mucha ignorancia. Y así se volvió a suceder en La Edad Media, cuando el ser humano retorno al oscurantismo, el desconocimiento y una sola verdad que, a sabiendas de todos, no fue como norma aceptada, de lo contrario no habrían existido los alquimistas, los hombres que dudaron, las cacerías de brujas, la hoguera para los blasfemos que se atrevieron a pensar más allá del statu quo. Los que son padres y abuelos, saben que los niños heredan las palabras de los progenitores, que somos un almacén genético de información que se balbucea hasta terminar por revelar el alma, el carácter que es genuino, original y casi profético. A los casi 5 años se puede saber qué inquieta a un niño, cuál es su destino, qué se anuncia para el futuro. Y esto no es casual, a progenitores más sabios e ilustres, niños más superdotados. Y en todo esto hay evolución. No sé si para bien o para mal. Toda contribución hecha por los genios, terminó en armas de destrucción masiva, como si lleváramos sellada indeleblemente la guerra en nuestra naturaleza. Toda nuestra historia se basa en guerras, a partir de las cuales, se dieron grandes avances en las ciencias y tecnologías. Los CEO de Wall Street saben bien de ello y, ahora, con guerras de algoritmos, amasan grandes fortunas sin dejar margen para que nadie más forme parte de su élite. El conocimiento lo tienen ellos y, eso es el poder sobre una humanidad ignorante, tan ignorante como los primeros hombres que aprendieron a usar la palabra, muy rudimentariamente, con el fin de supervivir, si jamás pensaron que habría un futuro, mucho menos como el que contamos. Hay mucha tecnología contenida desde inicios del siglo pasado que, por razones de mercado, no se utilizan en las ciudades modernas, si éstas fueran manicomios donde Michael de Foucault probablemente habría dado mejores anotaciones que las dejadas en su obra La Nave de los Locos. En pleno siglo XXI, donde las democracias corruptas, parecen ceder su lugar al retorno de los Imperios, por el uso de la fuerza y el alcance legado por las mentes más brillantes, pocas oportunidades, sino, nulas, tenemos desde los intelectuales hasta los que se ganan el pan de manera muy humilde, como para hacer frente a colosos que desde hace muchas generaciones ostentan el poder y son inimputables. A mis 23 años creía que podía cambiar al mundo, ahora sé que no logró cambiarme al hecho que éste no es el mismo con el que crecí y fui niño, por ejemplo, nadie imaginó que habrían celulares inteligentes o IA que ahorrarían mucho tiempo en las labores de oficina o, robots usados por Mark Zuckerberg, Jeff Bezos o Elon Musk, mucho menos la hiperinteligencia de quienes crearon internet. Y todo esto avanza vertiginosamente. Si pudiera visualizar a ese homo sapiens que sólo pensaba en cazar, recolectar, ser nómade y perseguir mamuts, si tuviera algo de razón, como para interrogarse cuál era el porqué de su existencia y su lugar en el mundo, si eso actualmente es un clamor que trasciende los laboratorios de los transhumanistas, los que hallaron la cura al cáncer o la regeneración de los cartílagos en laboratorios alemanes, para que los adultos mayores pudieran otra vez caminar, si ahora los estudios se centren en el rejuvenecimiento prolongado hasta elegir qué edad tener, en un momento de la historia donde se está planificando otro alunizaje o las colonias en Marte y, hasta la inmortalidad, como algo muy probable. Me queda la inquietud por esos primeros escritos, el querer saber qué pensaron esos primeros maestros ascendidos que van desde Imotep, Hermes Trismegisto, Homero o Hiram, cuando soñaron un mundo donde la existencia fuera buena, si es que esto siempre se ha tildado de locura, llámese con propiedad, la utopía, si ahora me sienta como ese primer homo sapiens, en cavilaciones que me proyecten hacia miles de años en adelante, con la misma ignorancia del que no sabe, cómo será la vida en el futuro.

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