Los médicos residentes junto con
los estudiantes de medicina estaban parados frente a la cama donde yo estaba
postrado. Gradualmente la suministración de drogas legales aumentaba en la
medida que opusiera más resistencia al diagnóstico. En ese entonces estaba
inclusive en contra del tabaco. Trotar 3 horas diarias, practicar artes
marciales, leer 4 diarios toda la mañana y, derrochar la energía que a mis 27
años tenía, lustrando el piso de madera de todos los ambientes de la casa donde
vivíamos, eran denodados esfuerzos para poder conciliar el sueño. Me habían
medicado Litio, en su estado natural, no el que le dan a Alan García Pérez
quien fuera Presidente de Perú, sino el elemento en su estado puro. En ese momento
supe que si tuviera que ir a la guerra, fuera cual fuera la edad que tuviera,
tomando el elemento Litio, podría sobrellevar semanas enteras de intenso
esfuerzo físico.
Pero dije que ellos estaban
pasando la revista normal de los martes. Tengo una imagen viva en mis recuerdos
donde todo el cuerpo médico está parado en la puerta, observándome, como si se
preguntaran hasta cuánto iba a resistir. Había visto a un paciente ser
internado por 18ava vez. Fueron 18 años de su vida de internamientos constantes.
Mientras rengueaba por el efecto de los inyectables de Haldol vía
intramuscular, yendo y viniendo por un pasillo a la sombra de apenas 15 metros
de largo, sin poder ver el sol por semanas enteras, bajo la atenta mirada de un
policía que cuidaba que no escapara del psiquiátrico, pensaba si me había
equivocado. Años después escribí en el opúsculo contestatario, Los cantos de la
maldición, de publicación en el 2005: “en todos los hombres se repite el mismo
propósito”. Ése era el fin, destruir la reserva moral de la juventud en los
noventas por parte de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos, quienes
orquestaron desde los medios de comunicación la noción que ser corrupto era
normal, que no había otra forma de salvarse y entrar al sistema, para qué, pues
para disfrutar de lo que todos disfrutan al momento de tener muchas mujeres,
carros del año, viajes al extranjero, los mejores licores y la mejor coca.
Esa viva imagen me pareció como
un cuadro pintado para siempre, con las enfermeras en su traje verde, las técnicas
con su chompa abierta de color azul sobre su uniforme blanco, como era así el
color de los médicos y los estudiantes de medicina.
No supe sino recién hasta años
después, que no fui el único rebelde que fue internado en un psiquiátrico por
El Dictador, supe que fuimos y somos muchos. ¿Qué nos equivocamos? No lo creo,
en cada uno de los jóvenes de esa generación el deber se reflejaba bajo connotaciones de héroe donde serlo era
jugársela por completo, como yo, al terminar en un manicomio, entre personas
que tenían sus propias historias, personas que en nada me parecieron locas.
Creo más bien que ellos eran los verdaderos oprimidos del sistema.
27 años, y todo lo que ello
implica, la edad del Club de los 27, cuando los bellos y malditos se quitaron
la vida, la edad en que rechacé el suicidio al que fui inducido, la edad en que
me aferré a la vida y peleé por ésta hasta en el mismo psiquiátrico.
Fueron largas semanas donde
empecé a recordar los electrochoques que recibí a mis 18 años. Porque eso fue
lo que finalmente dijo el médico al verme dislálico, apenas balbuceando mis
derechos humanos, apenas lúcido, con la mirada fija sobre ellos. Habían pasado
casi 3 meses. TEC (terapia de electrochoques), apuntó el jefe del área. Había
visto a los otros pacientes recibirla para estar dementes todo el día,
caminando como auténticos zombies. Resistía a las drogas que querían recetarme.
Era inútil sin embargo.
El día que mi padre fue a
recogerme cuando salí de alta comprendí la experiencia de La Libertad. Supe lo
que las demás personas no aprecian: una caminata sin preocupaciones por
cualquier calle, el sol bronceando la piel, y sí, ver el sol, el cielo, después
de muchas semanas de encierro.
Era setiembre de 1999. Está demás
decir que volvería a las marchas de protesta. Los héroes nunca se rinden,
pensé.
Julio Mauricio Pacheco Polanco
Escritor
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Julio Mauricio Pacheco Polanco
