NO VUELVAN A HACER PLANES POR MÍ, SIN CONSULTARME ANTES



 

Al verla a los ojos, comprendí que ella estaba en peligro, que había ido a esperarme a la hora que compro el pan, haciendo hora, hasta que apareciera yo, para notar en su mirada ese pedido urgente de ser salvada. La reconocí de inmediato. Estaba muy vulnerable. La tarde anterior había cruzado esa delicada línea que roza con el suicidio o el internamiento psiquiátrico, los tatuajes, el pelo de colores que representa mucho, las drogas o el alcohol. Nada podía hacer por ella. En fracciones de segundo dudé si tenía 18 años o 17. Su mirada fue insistente y muy declaratoria. A mi entender, ella estaba para cualquiera y, en donde vivo, mi fama es de ser un soltero empedernido, alguien que sólo podría ser atrapado por una muchacha digamos de, 18 años. Sus ojos estaban derrotados, pero no por amor, era yo su última esperanza, reitero, la reconocí, inclusive llevaba la misma  ropa de la tarde anterior, esa tarde, ese momento donde la vulnerabilidad es mayor, cuando algo ha pasado: una ruptura amorosa, una “amiga” que se aprovecha de la situación: la abrazaba, le daba besos en la mejilla, la retenía, la tomaba de la cintura sin que ella pudiera tener moral para detener esa invasión corporal. Lesbianas, pensé. Un mes atrás, una mujer de 20 años me confesó que eso está de moda en Arequipa, que las muchachas sean lesbianas. Ella no quería ser lesbiana, vi eso en sus ojos por esta mañana: vi miedo, temor, no saber qué hacer, pedir ayuda, consuelo verdadero, consejo, amor.

Pasé de largo.

Por qué razón. No me nació amarla, mucho menos rescatarla. A esa edad, si ella tuviera 18 años, tienen preferencias por estilos de vida que abandoné a mis 22 años, cansado de pubs, discotecas, alcohol y, muchachas diferentes para cada fin de semana. Había algo muy vacío dentro de todo ello, algo que me instó a rebelarme contra lo que el sistema otorgaba para ser feliz.

Busqué otras cosas: libros, escribir, no estar en vano aquí, tener una razón superior, mejor dicho: dedicarme a lo que quise hacer toda mi vida, como lo sigo haciendo hasta ahora. Quizá por eso la dejé ahí, porque sé, no faltaría alguien que la rescatara, si el indicado era yo, si para mí, ella era una muchacha más como muchas, si tenga un récord de casi 5,000 muchachas veinteañeras y, no sea esto ficción sino testimonio de quien fue acusado por las mujeres de no tener corazón.

No, mi paz no la iba a perder por una muchacha que puedo conseguir fácilmente con una llamada a un padrote que, de inmediato, me dará una dieciochoañera que me complacerá como sólo saber hacerlo una puta, con todas las exigencias que demandara yo, superando a los videos hard core de sexo con los que suelo distraerme de vez en cuando.

Compré el pan y seguí en mi rutina diaria, una rutina que se basa en estudiar y escribir, no en la de un hombre de 54 años que debería desesperarse por tener pareja. Por qué debería estarlo si conviví un buen tiempo y terminé esa relación dramáticamente, con novela testimonial presentada en una Feria del Libro de la ciudad, si eso bastara para que recibiera odios gratuitos por parte de mujeres que pensaron, el amor de una mujer es invencible.

Mejor dicho: el placer otorgado por una revolucionaria en el sexo, algo que me dejó con un apetito voraz de querer hacer el amor, mañana, tarde, noche y madrugada. Y eran unas tras de otras, sin distinción alguna, todas eran bienvenidas para someterse a mis depravadas iniciaciones aplicadas en ellas, si tener sexo conmigo para ellas, significó siempre un antes y un después, nunca más volvían a ser las mismas, el sexo conmigo se encaminaba en su verdadero significado.

No, gracias, pensé, es remplazable, no es única dentro del universo de mujeres únicas que conozco, no es tampoco el tipo de muchacha que inspira amor, no porque no fuera atractiva, lo es, pero a mi edad, sabemos que el amor es real, así se haya tenido miles de mujeres en la cama y, ella, no representaba esa revelación, aparición o manifestación. La habría dejado. No, le habría hecho más daño del que ya tiene. No pude hacer nada por ella, que si hablamos de salvar vidas, debía salvar mi vida, porque todo aquel que salva una vida, está en la obligación de hacerse cargo de esa vida y, justamente eso hice desde que supe qué son las convivencias de pareja: me hice cargo de mi vida, me salvé a mí mismo.

Supongo que tampoco debe tener conciencia o, sus padres la deben tener muy desatendida o tantas cosas más, los padres se dan cuenta de estas cosas y no dejan a sus hijas en el abandono. Esto era labor de sus padres, ayudarla, a no ser que, no quisieran saber nada de ella, absolutamente nada, entonces, tampoco nada podía hacer yo, porque si sus padres no podían controlarla, cómo podría hacerlo yo que soy alguien de quien se sabe de a oídas, un recomendado, “alguien idóneo y fácil de seducir”.

Pensé que tal vez ella estaba embarazada, siendo esa la razón del porque la tarde de ayer, la viera con una muchacha de su edad, en una situación tan comprometedora, en plena calle: era una muchacha que evidentemente lo había perdido todo.

Me senté entonces a escribir, prendí voluntariamente un cigarrillo mentolado, probé de mi Cool Fresh y disfruté de mi tiempo en libertad como lo hago siempre.

Era una vez más yo el que decidía y, ella, dentro de mis planes no estaba, porque mis planes son escribir y no pasar apremios para buscar trabajos donde sea humillado, para sacar adelante una relación de pareja, donde tuviera que renunciar a lo que soy: un escritor y pensador libre, para estar dentro de un sistema que, sé, sólo sabrá someterme como a un esclavo, sólo para mantener a una muchacha que lo único que tenía para ofrecer era: juventud y sexo y, eso, lo tengo con cualquier puta, para luego retornar a mi apartamento y, tener todo el tiempo del mundo para abocarme a lo que más me gusta, así esté por cumplir 55 años, sin que me inquiete tener pareja, siendo muy feliz en mi soledad.

 

 


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