DESPUÉS DE LO DESCONOCIDO
Eran ojos llenos de peso, los años, párpados cansados, otras vivencias
que desdibujan lo que fue bello, muy bello y anhelable. En la profundidad de
estos, el mar tenía otro significado, los días en el calendario: fechas donde
se transitó con intensidad, fechas a evitar, fechas de paso obligado a
retornar. La historia que no es de todos, ninguna historia es igual, no somos
iguales, las generalizaciones son propias para gente corta de vida: más allá de
la expresión de un rostro, el misterio es luminoso, pese a todo lo oscuro que
proyecte, es el enigma de cada quien, las palabras que son hondas como el
tiempo, como la soledad cuando nadie entiende lo que decimos, esas palabras que
terminan por convertirse en algo indescifrable, silencios donde hay mucho qué
relatar y, ausencia de oídos para ser entendidos.
Es como la historia de las horas, cada hora encierra algo que ya pasó
pero permanece detenido en el tiempo y, cada hora es algo que sacude las venas
de quien respira y se encierra en su soledad. Hablamos por cortesía sin saber
nada de nuestros interlocutores a quienes conocemos de años. Ni siquiera lo
sabemos todo de nosotros mismos. Parpadean los ojos con gravedad, algo sentido
y sin comprensión ante la extrañeza indiferente de quienes viven apurados,
abrumados en sus propios parpadeos. Las impresiones fuertes quieren sentir otra
vez la risa fresca si mirar hacia otra parte fuera de otra forma, alguien que
nunca se acabe, cuando hace tiempo, los caminos personales terminaron por
convertirse en rutinas con sentencia a renuncias inevitables. Evocar una
coincidencia, los impulsos vitales de quienes aún tienen derechos a equivocarse,
ignorancia con la gracia de los que caminan entre penas sin saber de sus
culpas: no hieren los inocentes, sus ojos aún no han encontrado el mar a su
distinta manera.
Como caminar pausadamente contra todo que es uno mismo, pensando en el
momento equivocado, en el día que marcó el presente, el error que a otros hizo
solemnemente sabios, o el libro que no encontró claridad para poder ser
escrito, palabras que se buscan a medianoche entre libros o quizá, un solo
libro, al cual se vuelve siempre a ciertas horas cuando hay penumbras, para
sólo leer el mismo párrafo, memorizado y ritualizado, sagrado por ser interpretativo,
cerrar las cortinas, dejar el libro sobre la mesa, apagar la luz, acobijarse en
la cama, compararse con el escritor y, finalmente, retornar a uno mismo, para
viajar en el tiempo, para rehacerlo todo, en pensamientos que duran fracciones
de segundo, entre el cansancio, la libertad de poder pensar antes de recordar
que el día precedente será largo, con la misma sensación que nadie podrá
explicarlo, mientras los párpados se rinden sin que dejen de mirar los ojos: un
rostro macizo e inexpugnable hasta para la noche donde todos somos
transparentes, si el alma se manifiesta con toda su fuerza y tememos vernos a
nosotros, sintiendo ausencias que perpetuadamente viene en uno, para que los
párpados vuelvan a abrirse, perdiéndose en medio de la oscuridad, en presencia
de los olores de nuestros años, una soledad aparte, dedos que se mueven
buscando la paz en la cama, la postura que busca donde uno debió estar después
de las voluntades desatinadas, yerros que no dejaron de detenerse, la memoria
despierta, el repetir como un mantra el párrafo del libro donde hace tiempo se
detuvo la lectura, sumergirse en lo que escribió el escritor, es otra realidad,
debió ser así.
Y ceder al sueño necesario.
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