LOS AÑOS QUE PERDIMOS


 


 

A finales de los ochentas, desde el cine de Hollywood, pensábamos que la existencia trataba de ingresar a la universidad. Salía del colegio con un código que reflejaba un fuerte carácter rebelde desde temprana edad, esto llegó a la universidad a la cual ingresé. Los muchachos aún no se habían rapado la cabeza, creo que fue en 1992 cuando me rapé la cabeza por primera vez. Un par de años antes, había recibido terapias de electrochoques, no sabía que esa generación no la estaba pasando bien. Recibía tratamiento psiquiátrico, eran los tiempos de los neurolépticos que producían efectos extrapiramidales en los pacientes ambulatorios. Empezó la década con el terrorismo en su máxima expresión, era un mal que no pudo ser resuelto con La Reforma Agraria que no pudo concretar Fernando Belaunde Terry en los finales de los sesentas. El Gobierno Revolucionario de Las Fuerzas Armadas tenía esa consigna: Abimael Guzmán estaba por armar a dos millones de campesinos para tomar Lima y hacer su revolución inspirada en Mao Tse Tung. A finales de los ochentas, un gobierno desastroso de un anti-imperialista de 37 años simpatizaba con los movimientos subversivos mientras intentaba estatizarlo todo como lo hiciera en el gobierno militar, Velazco Alvarado, la hiperinflación encontró pugnas por intereses de poder en el mercado nacional: Mario Vargas Llosa, recordado por su fallida investigación en la muerte de periodistas en Uchurajay: nunca se esclareció si fueron los campesinos los que les mataron por confundirlos con terroristas. En realidad, esa misma paranoia que utilizó Mao Tse Tung, enfrentando a chinos entre sí para tener el control del poder en China, la estaba utilizando El Partido Comunista del Perú Sendero Luminoso, querían una lucha armada, fundar La República Popular del Perú, aplicar el mismo modelo chino: no solamente ser dueño de todo el país, también ser dueños del alma de todos los peruanos: alguien quiso elevarse a la categoría de dios viviente aplicando el terror. Un canal de televisión dinamitado, coches bomba, perros muertos en las casas de los que hacían resistencia ante el terrorismo, crisis económica, Kurt Cobain se suicidaba renegando de lo que al principio fue un sueño: hacer música. Al entrar a la universidad en el pabellón Nicholson de ingenierías, habían pintas de la oz y el martillo y en letras rojas escritos en las paredes: ¡Viva el Presidente Gonzalo!, un año después, Juan Manuel Guillén Benavides reformaba la universidad, las elecciones fueron ese año, Mario Vargas Llosa se enfrentaba a un desconocido Alberto Fujimori, reitero, se disputaban intereses de poder. Terminada esa década con Dictadura, un millón de personas perdieron sus trabajos desde las fábricas del Estado, era el neoliberalismo que privatizó todo, era lo propuesto por quien sería en el 2010 galardonado con El Premio Nobel de Literatura, alguien que se había enfrentado contra el poder desde sus escritos. 1992, una noche cualquiera, a eso de las 11, hallé a la muchacha que más me gustó ese año, estaba con unos amigos tomando un ron y fumando cigarrillos, ella apareció sola caminando por las calles céntricas de Arequipa a esa hora de la noche, salía de una reunión de El Círculo Intelectual Chávez de La Rosa, decía a viva voz: ¡Mauricio, cayó Abimael Guzmán, cayó Sendero!, gritamos a todo pulmón: ¡Viva el Perú!, el terrorismo que había dividido al Perú por fin había sido derrotado, decenas de miles de personas inocentes muertas por una causa desquiciada, creo que escribí bien claro que el Camarada Gonzalo quiso proclamarse dios viviente en Perú. Fueron décadas de lucha contra un mal que reaparecería en Perú en esta década, la corrupción generalizada, un congreso desacreditado, ¿alguien recuerda el golpe de Estado de Alberto Fujimori? Se cerró el congreso, se convocó a elecciones y a una nueva constituyente: Nueva Constitución Política para el Perú, algo ocurría en la Universidad donde había ingresado a Ingeniería Industrial, Psicología y Arquitectura, el mensaje generacional de Hollywood fallaba en todo, no se trataba sólo de ingresar, una mañana mi padre me dijo: ingresaste entre los primeros puestos a la universidad, no se trata sólo de eso, además debes acabar la carrera. Aún no había internet en Arequipa, llegaría a finales de los noventas, después, a inicios del 2,000, luego del fin del mundo pronosticado desde hace centurias por Nostradamus y que fue esperado el último día de 1999, hallé un instrumento poderoso para seguir dando a conocer mis escritos: internet. La universidad no tuvo nunca relación con los cientos de libros que había estudiado desde todas las disciplinas, algo estaba mal en la cátedra, alumnos eternos vendiendo maquetas hechas a los cachimbos del curso base de la carrera: Taller de Arquitectura. Jim Morrison se puso de moda otra vez: el cabello largo en los muchachos, el consumo de marihuana, el ron que era infaltable en los rebeldes al darse cuenta que la universidad les había mentido: empezaron también a leer libros, cuestionaron todo. 1995, publiqué gratuitamente junto con un compañero de clases, con quien escribí el discurso de despedida de mi promoción del colegio en 1988, una revista de corte contestataria, rebelde y nihilista, planteaba una postura ecléctica y una frontal lucha contra la sociedad de consumo. Eran tiempos de neoliberalismo en Perú, de días en las fábricas que conocí donde los obreros, los operarios, los agentes de seguridad, la misma ciudad, estaba inmersa en la incertidumbre de nuevos tiempos globales. Hubo guerra entre USA e Irak y se temió por una Tercera Guerra Mundial a mediados de los noventas, después un conflicto bélico con Ecuador, nos preguntábamos quién quiere ir al frente a morir por una Patria que dejó sin futuro a toda una generación. We All Together cantaba: “no te vayas del Perú”, porque decenas de miles de jóvenes se iban al extranjero en busca de una vida con oportunidades. Los conciertos en los coliseos, una muy baja autoestima en esa generación en relación al sentimiento patrio, hasta que con el amigo del colegio en pleno concierto empezamos a gritar: ¡Vive el Perú!, insistentemente, algo despertó en el sentir generacional, el coliseo era un solo pulmón coreando nuestros vivas. Tres años después, estaría en las marchas de protesta, nos enfrentábamos contra la Dictadura. Pocas muchachas, mejor dicho, contadas con un dedo de la mano, usaban el cabello rojo o rubio, no existían los tatuajes desmesurados de hoy en día, mucho menos los aretes. El heavy metal cedía su lugar al rock alternativo, las letras lo expresaban todo: un futuro sin esperanza, los años del anti-héroe. Hasta esa noche cuando supe qué era protestar con voz propia en solitario, no era la marcha con jóvenes universitarios tomando la Plaza de Armas de la ciudad. Un viejo recuerdo de 1991 cuando me presenté como Poeta ante la Inteligencia de la ciudad, algunas de esas familias serían ahora Grupos de Poder en Perú. Una sola voz reclamando por los Derechos Humanos, los remanentes del terrorismo, el Perú otra vez en crisis, llegaban turistas sin embargo a la ciudad, era Arequipa un destino seguro para extranjeros que recién conocían mi país. Esa generación acabó con un ¡Sí se puede!, ¡Nunca más! Fui internado por primera vez en un psiquiátrico, me había enfrentado contra el Statu Quo, el diagnóstico lo decía todo: esquizofrenia paranoide crónica. Se despedía el siglo con Hollywood y la película que aterrorizó a toda una generación mundial: Inocencia Interrumpida. Los psiquiátricos, la crudeza de la opresión extrema, la deshumanización, los héroes anónimos que lo intentaron sin saber por qué, compulsión, los rebelados, los tontos útiles usados para enfrentar al poder. La universidad no fue nunca lo que el cine nos enseñó, un bello templo del saber, sólo un caldero de rebeldes desde una cátedra que siempre hizo caso omiso a la realidad peruana. Salvar al Perú en los años noventa nos costó a todos mucho más que la libertad o un diagnóstico lapidatorio, sólo la certeza de haber resistido hasta el extremo a un mundo que a nadie gustó, y no me refiero precisamente sólo a Perú, esto era global, ocurría en todas partes, mientras cerraba mis ojos sin dar crédito a lo que ocurría, desde la camilla de un psiquiátrico donde supe de las atrocidades propias de una condición humana que nadie puede explicar hasta ahora, nadie.

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